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lunes, 7 de agosto de 2017

La torre oscura: Todo el mundo quiere hablar  

Abramos de nuevo el diccionario y veamos qué significa la palabra «paralaje». Según la Real Academia de la Lengua, proviene del griego clásico y define el aparente cambio de posición, dimensión y forma de un objeto dependiendo del punto de vista desde donde es observado.

Me detengo en esto para reconocer que quizás si hubiese visto La torre oscura hace décadas, me habría gustado; recordando hoy mis sensaciones mientras la veía ayer, otro gallo canta.

Pongamos, por tanto, que tengo un problema de paralaje. Y no quiero dar a entender que ahora me considero más listo e instruido que antes aunque sepa más cosas, porque a veces uno con la edad se vuelve más ciego o más tonto o ambas cosas al mismo tiempo. ¡No, por favor! Lo único que me sucede «ahora» es que también puedo pensar en el «antes», y eso marca unas cuantas diferencias significativas, de las cuales intentaré aprovecharme.

Como no he leído los libros de Stephen King, de quien nunca fui un fan incondicional y cuya obra dejó de interesarme hacia mediados de los años ochenta, he visto la película sin dar muchas vueltas a las responsabilidades literarias de las imágenes.

Sé, no obstante, que la idea de un cowboy negro (Idris Elba) enfrentado con su colt a un villano (Matthew McConaughey) con superpoderes porque quiere destruir una torre importantísima en un universo paralelo, le vino tras la lectura de El señor de los anillos y el visionado de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966, Sergio Leone).

Una premisa así resultaría más preocupante si Slavoj Žižek no nos hubiera acostumbrado a filosofar con John Carpenter o el mismísimo Stephen King. Pero hay una diferencia entre La torre oscura y la filosofía, que se advierte muy pronto en la película, al ver cómo por ella desfilan escenarios, personajes, cosas y situaciones carentes de sentido, como si se limitasen a ser productos maravillosos en un catálogo de cultura pop, donde el consumidor es quien tiene la última palabra y dota de significado a cuanto consume (o no).

La torre oscura sufre la bulimia que sufren la excelente adaptación que hizo Peter Jackson de El señor de los anillos o la serie Juego de tronos: pretenden desplegar su mapa operativo en varios mundos, con países y territorios diferentes, recorriendo paisajes desérticos y bosques frondosos, cartografiándolo todo con el celo de un especialista; provocan guerras e intrigas palaciegas, en un ejercicio de geopolítica con el que se ofrece una visión indirecta de nuestro mundito; crean lenguas y dialectos llenos de matices propios de un experto en lingüística; hacen a través del comportamiento de sus personajes lecturas morales a la altura de la Ética de Espinosa; y hasta tienen tiempo para proponer aventuras similares a las de la literatura artúrica, Alicia en el País de las Maravillas, las películas del Oeste o La guerra de las galaxias. Casi nada.

Comprimen en uno o varios volúmenes lo que a la humanidad, a la lingüística, a la literatura, a la filosofía, al arte y al entendimiento le ha llevado toda su historia, por eso sólo lo pueden hacer en formato digest y ligero por muchas páginas que le dedique un escritor al invento y por muchas horas de metraje que le dedique un cineasta para adaptarlo.

La torre oscura, no obstante, pretende hacer lo anterior en 95 minutos, condensando en ellos la historia de un niño (Tom Taylor) con poderes mentales que vive en Nueva York y se siente amenazado por algo que nadie más puede percibir, el origen del cowboy que persigue al malvado de la historia, diferentes ejércitos, diferentes lugares de paso, otros personajes y un sinfín de meditaciones («no se dispara con un arma, se dispara con el corazón») que no sé si tomar en serio o en broma.

Para alguien como yo soy en estos momentos, incapaz de entretenerme con las imágenes de la misma manera que lo hacía cuando era más joven y las absorbía sin demasiado conocimiento de causa porque todas me resultaban novedosas, el único método redentor para no aburrirme con La torre oscura consiste en ir detectando las citas a otras obras o adaptaciones cinematográficas de Stephen King (el payaso de It, el hotel Overlook de El resplandor).

Eso antes no podría haberlo hecho por desconocimiento, claro. Antes acumulaba imágenes y ahora intento organizarlas, dotarlas de significado si no quiero que se conviertan en un equivalente al fast food o los juegos de la PlayStation. Desgraciadamente, la única conclusión a la que llego es que, si Alain Resnais o Chris Marker me ensañaron a concebir los cómics de Flash Gordon como puntos de partida para alcanzar formas culturales más profundas, sofisticadas y responsables, con La torre oscura y en general con la obra literaria de Stephen King sólo soy capaz de entender que los cómics, el spaghetti western, El señor de los anillos o Juego de tronos son «la cultura».

Por supuesto, es algo que -ahora que tengo defensas y argumentos, y que el paralaje me favorece, espero- no puedo creer ni aceptar.

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