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viernes, 14 de julio de 2017

El testamento de Wajda: Los últimos años del artista

Simplificando quizás demasiado, hay dos tipos de cine. Uno de matriz norteamericana, en el que prima lo narrativo sobre cualquier otra consideración. En este, el director suele arrastrarnos a través de mundos posibles, ayudándonos a interpretarlos.

Por otro lado tenemos la tradición europea, más lírica, que fue perdiendo la partida a medida que se engendraba la sociedad del entretenimiento. En ella, la relación de la obra con el espectador es esencialmente sugerencia y, como le sucede al funambulista, que siempre corre el peligro de partirse el cráneo al transitar sobre la cuerda, el pulso del director es el único que garantiza que el público no caiga en el aburrimiento.

Los últimos años del artista: afterimage (2016), de Andrzej Wajda, pertenece sin duda a este segundo grupo. Es celuloide de autor, muy trabajado desde su talento artístico, que no se presta a la mera dinámica de las taquillas, sino que exige de quien se sienta en la butaca un cierto trabajo, aunque sea a la hora de rellenar mentalmente las ubicuas elipsis.

La película cuenta eso, los últimos años (1948-1952) en Lodz del que es quizás el pintor vanguardista más importante de Polonia: Wladyslaw Strzeminski, el cual fue acosado y después perseguido implacablemente por el régimen soviético por su arte “decadente”, esto es, por no querer someterse a los dictados estéticos del “realismo social” impuestos por Lenin y Stalin, partidarios de someter toda creación a las necesidades ideológicas de la Revolución.

Colores en la paleta que recuerdan los de Vermeer en La joven de la perla (2003) y una fotografía soberbia, transida de una luz otoñal que hace palpitar al género histórico. Con toda su pericia cinematográfica, el recientemente fallecido Andrzej Wadja vuelve a urdir un relato onírico a partir de hechos del pasado efectivo con la clara intención de moralizar.

En la memoria centellean todavía tragedias como la que nos contó en Katyn (2007) o la mucho más remota Danton (1983), donde se atrevía, desde la imágenes, a reflexionar sobre los maestros de la guillotina.

La historia es mínima. Está básicamente hecha a base de hieratismo interpretativo, de fotogramas cocinados a fuego lento, de reflexiones inconexas sobre la teoría de la visión, de dolor y de injusticia: todo convertido en un alegato contra el comunismo y su modo curioso de reinterpretar la emblemática frase de la monarquía absolutista: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

A lo largo del metraje a uno le viene a la cabeza el cine polaco de Zanussi, así como películas más sencillas y recientes que también han tratado los totalitarismos del siglo XXI y a sus mártires, como Sophie Schöll: los últimos días (2005) o La vida de los otros (2006). Aunque en Wajda se vislumbra una clara apuesta por el cine de autor que no se pliega a las facilidades típicas del área de influencia de Hollywood, y que, en esta ocasión, en momentos contados, se convierte en soporífera.

El personaje retratado se nos presenta como un titán tullido y tísico, como un testimonio de incólume resistencia frente al poder. Pero no es oro todo lo que reluce. Su heroísmo se combina con un estoicismo un tanto aberrante que lo lleva a mantener actitudes casi autistas frente a la desgracia tanto propia como de sus seres supuestamente más queridos.

En suma, vaya mi recomendación de este filme para quien apueste por el cine comprometido en estos tiempos de consumo descontrolado y sin conciencia. No es el mejor Wajda, pero, eso sí, es puro Wajda.

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Articulo Revisado: El testamento de Wajda: Los últimos años del artista Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos