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domingo, 16 de julio de 2017

Creer o no creer en Dios… ¿la vida no sigue siendo la misma?

¿Son todas las personas libres para creer en Dios o su libertad puede verse condicionada para no creer? ¿Es la fe una cuestión meramente teórica que no tiene repercusión en la vida cotidiana? ¿No es la fe una cuestión ética, práctica, donde no importa el contenido sino la vivencia?

Muchas de estas preguntas están entre creyentes y no creyentes y no pocas veces se vuelven dificultades para dar el paso de la fe cristiana.

Obstáculos para abrirse a la fe cristiana

El teólogo canadiense Bernard Lonergan entiende que existen impedimentos a la libertad para creer y se pregunta si somos realmente libres para dar el paso de la fe. Encuentra varios bloqueos o predisposiciones negativas que pueden limitar seriamente nuestra libertad ante la fe.

Cuando a nivel sociocultural se imponen modos de ver y de pensar, estos necesariamente condicionan la predisposición a creer o no creer.

En primer lugar encontramos lo que él llama “sesgo individual”, una tendencia a poner el propio yo en el centro del universo y pensar en consecuencia, existiendo una disposición previa a rechazar cualquier propuesta que reclame un acto de fe.

También considera que existe un “sesgo grupal”, manifiesto en prejuicios conectados con sectores de la sociedad o grupos ideológicos. Ciertos resentimientos o prejuicios les generan un punto ciego para escuchar el mensaje cristiano.

Una tercera limitación es el pragmatismo y la renuncia a buscar la raíz de las cosas. El interés por cuestiones prácticas reduce el horizonte para preguntarse más allá de lo inmediato. Cualquier miopía intelectual disfrazada de sentido común cierra el camino a cualquier pregunta por la fe.

Para Lonergan, autotrascenderse y liberarse uno mismo de visiones reductoras de la realidad, no es un proceso meramente intelectual, sino voluntario, del ámbito de la libertad, donde se decide la vida entera y su sentido último.

La fe como camino de libertad

La decisión por la fe no es un acto aislado, sino un proceso humano en el que interviene siempre la libertad y la responsabilidad de lo asumido.

Benedicto XVI  admiraba en san Agustín de Hipona su proceso de fe, porque desde sus comienzos como catecúmeno no fue capaz de identificarse con la Iglesia, y poco a poco, progresivamente fue encontrando su camino.

No hay procesos ideales, sino caminos personales y comunitarios donde se elige conscientemente, en medio de no pocas luchas interiores, creer a quien consideramos digno de confianza.

El propio derecho a creer y manifestar públicamente la propia fe es protegido dentro del ámbito de la libertad de la persona. Por eso mismo, Benedicto XVI considera la libertad de religión como “una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción”.

Para él, la decisión de la fe cristiana no es una decisión ética o la opción por una ideología o conjunto de doctrinas, sino por una persona, que da un nuevo horizonte de sentido a la vida. 

“La fe cristiana no es primariamente un misterioso sistema de conocimiento, sino una actitud existencial, una decisión fundamental sobre la dirección de la existencia… Una decisión que penetra hasta los estratos más profundos del ser humano, hasta ese ámbito que no aparece siempre al descubierto, pero que atraviesa e impregna todo, sin que pueda ser mensurable”.

La fe no es un saber a medias, sino una decisión existencial que nos abre a la realidad desde otro modo de saber. Requiere todas las energías de la inteligencia, del sentimiento y de la voluntad, y éstas se orientan a la búsqueda de la verdad. Siendo una orientación de la totalidad de la existencia humana, no puede renunciar a la verdad.

La dirección al futuro, incluso más allá de las fronteras de la muerte, es lo que le da peso y también su libertad. Porque una opción fundamental que se extiende a todos los ámbitos de la existencia no es un acontecimiento solamente intelectual, ni solamente emocional, ni solamente voluntario, sino todo a la vez.

La fe mueve a pensar y a conocer

Para muchos, la fe es una renuncia a pensar, una autolimitación en el conocimiento. ¿Pero es realmente así en la fe cristiana? Estamos convencidos de todo lo contrario.

De hecho el acto de fe es un acto de la persona entera, en su unidad abarcante y siempre impulsa al conocimiento a llegar mucho más allá de sus propios límites. Por esto, pretender limitar la razón a lo medible como plantea el cientificismo, es estrechar el horizonte del conocimiento.

Por la mismas razones, la fe tampoco supone en ningún momento el olvido de la razón o la renuncia a la actividad intelectual, más bien todo lo contrario. La fe impulsa al conocimiento, a la búsqueda, al preguntar.

Por otra parte, la fe no es pura teoría, algo meramente teórico, ni solo una praxis sin contenido. Es una realidad que abarca y afecta a toda la existencia personal y comunitaria. Este aspecto práctico de la fe señala que lo que creemos tiene consecuencias en la vida cotidiana, por ello no da lo mismo si conocemos la verdad o no.

Creer en Dios o no creer en él, no es algo que no cambie la vida, sino todo lo contrario. Se cree auténticamente si se vive de acuerdo con aquello que se ha aceptado por la razón y ha sido acogido en el corazón.

Por eso creer no es vivir un hermoso sentimiento o aceptar ideas más o menos interesantes desde el plano teórico, sino que la fe siempre trae nuevas convicciones que tienen un contenido transformador, inmediatamente práctico. En perspectiva cristiana, la vida no es la misma si se cree o no se cree.

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