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viernes, 14 de julio de 2017

Cómo ayudar a un ser querido a morir en paz

No querías que los días avanzaran porque cada minuto que pasaba significaba que su marcha se aproximaba. El tic-tac del reloj de esa habitación te recordaba que cada segundo es un respiro menos de vida para ella. Siempre a su lado le hablabas al oído de tantas cosas. Sobre todo, de lo mucho que se amaban.

Ella ya con su mirada perdida estaba sin estar. Te reconocía de repente, sabía que eras tú porque el amor queda impreso en la memoria del alma. Nunca dejó de sentir que entre ustedes siempre hubo un gran amor. Su luz se apagaba poco a poco.

Tu corazón y tu cabeza nunca se pusieron de acuerdo. Le amabas tanto que no querías dejarle ir, pero tu corazón no resistía verle sufrir tanto.

¡Dios, qué confusión! Lleno de tristeza y angustia le gritabas al cielo, detén el tiempo. Dame un día más, solo uno para abrazarle, para fusionarme en un abrazo eterno con ella. Déjame dormir esta noche entre sus brazos y permíteme despertar pesando que todo fue una pesadilla.

Quizá el agotamiento, tanto físico como emocional te rebasaba, pero tú te aferrabas a seguir pidiendo por ese milagro, el que se quedara contigo por más tiempo, sin importar como estuviera. En el fondo de tu corazón sabías que era un milagro que Dios no concedería esta vez porque Él tenía otros planes mejores, aunque en este momento simplemente no te gustaban.

Ella ya con su mirada perdida siempre dirigiéndola al cielo… sabías que allá arriba había alguien que ya esperaba por ella. Por su cálida sonrisa y sus ojos puestos en el firmamento no había duda hacia dónde se dirigiría muy pronto. El verla tan en paz era un bálsamo para tu pobre corazón sufrido.

Muy a tu pesar los días seguían pasando y como en todo, Dios tiene la última palabra. Llega ese amanecer que tanto temías. Tu amada pasó por una larga y dolorosa agonía, pero a partir de hoy ya descansa. Ella ya, ¿pero tú? Para ti comienza una nueva vida. Todo, absolutamente tendrá un nuevo enfoque. Nada será lo mismo.

No digo que será feo, simplemente distinto. Habrá que aprender a vivir de una manera diferente. Experimentas sentimientos encontrados. 

Por un lado, rogabas a Dios el milagro que te lo dejara por más tiempo. Por el otro, es tanto lo que le amas que prefieres no verle sufrir más y le dejas ir con amor, resignación y mucho, muchísimo dolor. Es verdad, la nueva vida sin la persona amada da mucho miedo. Uno no atina ni por dónde comenzar de nuevo.

Ni largo ni corto. El tiempo de su agonía fue justo el que necesitaba. De hecho, pareciera que durante ese proceso el tiempo se detenía. Volteabas tus ojos hacia arriba y preguntabas, ¿hasta cuándo? En tu corazón escuchabas la respuesta de Dios: “Hasta que esté lista para el cielo”.

Si bien, es por demás importante tratar de vivir con ese espíritu de desprendimiento sabiendo que nada ni nadie nos pertenece, este pensamiento cobra aún más relevancia cuando sabemos que la muerte de nuestro ser querido es inminente, ya sea por una larga enfermedad o por su avanzada edad.

Como humanos se vale no querer que esto suceda. Sin embargo, el no aceptar o estar en negación no nos ayuda para avanzar. En la misma actitud de aceptación Dios nos va dando las armas, es decir, las gracias necesarias para transformar nuestro sufrimiento en la aceptación sobrenatural de su amorosa voluntad.

Nadie dice que será fácil, todo lo contrario. El dolor de aceptar la realidad de que nuestro ser querido se marchará, que ya no estará, que nunca más le volveremos a ver, no hay palabras que lo describan.

Pero sí se le puede dar un giro a esto y eso dependerá de tu fe. Es decir, vivir con la esperanza de la vida eterna y de que al final nos volveremos a reunir en la Casa del Padre. Aun así, la muerte del amado duele y mucho.

Es muy importante que todos nos preparemos para ayudar a nuestros seres queridos a tener una muerte amorosa. Es decir, que se vayan tranquilos y en paz. Hay que ayudarles con palabras suaves y asertivas a que sigan el camino de la luz -como muchos le llaman- hacia la presencia de Dios.

Necesitamos dejarles ir, pero en este sentido: acompañándoles con expresiones de amor, gratitud y de perdón; palabras suaves y amorosas y oraciones que a ellos les gustaban o que sean ad-hoc para el momento. Tomando respiraciones profundas hay que hablar y que al hacerlo nuestra voz sea serena, sosegada, calmada y firme.

El alma de la persona que está falleciendo se encuentra en su última -y la más pesada- de las batallas espirituales. Por un lado, está a nada de llegar al encuentro de Dios. Si fue una persona muy practicante y creyente, no hay anhelo que se compare a ese.

El estar cara a cara con Jesús es el sueño más grande de todos los cristianos y más aún si en vida fueron adoradores Eucarísticos. Por el otro lado, está dejando a los amores que tuvo en esta tierra y que, por supuesto, también son amores eternos.

Y no puedo dejar de mencionar las tentaciones que vienen del enemigo porque, como siempre, él desea esa alma para sí. Es por eso por lo que ese tránsito de la vida hacia la morada eterna debe ser por demás lleno de paz y oración.

Ni de chiste digo que no haya lágrimas, pero sí que no haya histeria porque eso no ayuda a la persona que está muriendo. Por favor, en la medida de lo posible y lo digo con lo el respeto que me merece el dolor por el que transitan, frente al moribundo evitemos dramas y palabras como: “No te vayas, no me dejes, sin ti me muero, qué voy a hacer sin ti…”.

Es cierto, el dolor es muchísimo. Es más, muchas veces el sentir es querer morir con ellos. Sin embrago, repito que en ese momento esos cuadros lejos de ayudar le angustian el espíritu.

Ayudarles a que tengan una muerte amorosa es ayudarles a que se enfrenten a su proceso de una manera asertiva, confiada, con aceptación y resignación, no mediocre, sino cristiana y, sobre todo, en paz.

Esto es muy difícil de comprender para lo que no lo estamos viviendo, pero las personas moribundas entran como en otro nivel espiritual. Es como si estuvieran en este mundo y a la vez no. Yo le llamo “el mundo de los brazos de Dios” porque por su mismo padecer están verdaderamente cerca de Él.

Es muy importante escucharlas y dejarlas hablar hasta donde su capacidad les permita comunicarse, y validar tanto lo que dicen como lo que sienten. En la medida de lo posible, hay que hablarles del perdón y quizá hasta preguntarles si se sienten con algún pendiente con algo o con alguien. Muchas veces querrán pedir perdón a alguien antes de morir.

Sí, hasta para escribir esto me estremezco. También está la terrible batalla espiritual a la que hay que estar atentos. Este combate es muy real.

El enemigo de Dios no va a dejar que esa alma se le vaya así de fácil. Pueden venir experiencias que nos sobresalten y estremezcan. El moribundo puede experimentar sentimientos coléricos donde de su boca salgan palabras de rencor, gritos de desesperación y de odio, entre otras cosas. No tomemos nada de esas actitudes o palabras de manera personal.

Es muy importante no tener miedo. Simplemente hay que estar atentos y revestidos por la gracia sacramental y los sacramentales. Que, en la medida de lo posible, el agonizante reciba los sacramentos y que la habitación donde se encuentre esté resguardada por sacramentales.

Hace muchos años tuve la bendita fortuna de vivir en carne propia esto de lo que hablo. Dios me concedió la bendición de acompañar a mi mamá a las puertas del cielo. Fue un proceso que comenzó muchos años antes de su muerte. Por mucho tiempo tuvimos diálogos parecidos a este:

– ¡No, ¡qué va! Miedo tengo de ser eterna…(Jajaja) Imagínate, ya estoy toda viejita y arrugadita. Sigo aquí, pero lo que yo quiero es ya estar con Dios. Tengo mucha ilusión de volver a ver a mis papás, a Manuel (su esposo) y a mis ángeles (sus hijas). Además, ¿por qué miedo si va a estar conmigo Miguelito (así le llamaba a su Ángel Custodio)?

– Como un lugar maravilloso. Un jardín inmenso que se parece al de esta casa, lleno de flores, de pájaros cantando y de animalitos corriendo por doquier. Un lugar de paz donde la alegría, gozo y felicidad serán eternos. Estar para siempre con mis papás viendo el rostro de Dios. No puedo imaginar dicha más grande…”.

Así pasaba largas horas conversando con mi mamá, sobre cómo sería su paso hacia allá. Por ser ella ya de edad muy avanzada, el tema de la muerte era algo que ya le rondaba y, de alguna manera, le inquietaba. Necesitaba platicar de él, pero con nadie podía hacerlo, solo conmigo. Cuando intentaba hablarlo con algún otro de sus hijos le decían que se callara, que ella nunca se iba a morir.

“Sí, cómo no, como si fuera a ser eterna”, mi mamá pensaba.  Digamos que montaban en histeria y coartaban ese tipo de temas con ella.

Yo tuve en mí esa intuición interior de que ella necesitaba hablar sobre la muerte de manera libre y sin tapujos, por lo que por muchos años me convertí en su receptora y me dediqué a escuchar sus inquietudes.

Cualquier dolor y sufrimiento que estas conversaciones me causaban, literal me los tenía que tragar y aparentar que todo estaba muy cool. En esa etapa de la vida de mi mamá, ella y su sentir eran lo único importantes para mí.

Un día entre plática y plática me dijo:

–Yo quiero que tú me ayudes a morir.

Le respondí que a mí también me encantaría hacerlo y las dos nos pusimos a rezar y a pedirle a Dios que nos concediera ese milagro. Fueron años haciéndolo. Estaba en chino que sucediera porque tan solo eran 11 hijos vivos de mi mami que, seguramente, querían hacer lo mismo.

En ese entonces mis hijos eran muy pequeños. Aún así de chiquitos querían con toda el alma a su abuelita. Caí en la cuenta de que también a ellos necesitaba prepararlos para cuando ella muriera. Por lo que cada noche añadimos esta oración: “Papá Dios, te pedimos que abuelita esté lista para el cielo”.

Sin entrar en más detalles, me remontaré directamente al día en que Dios llamó a mi mami a su presencia. Era un sábado de diciembre. Con lo mariana que ella era no podía ser otro día. Todos arribaban a casa de mamá. Su recámara llena de hijos, nietos, bisnietos y demás familiares la despedían con muchísimo amor. Yo no me despegué de ella ni para ir al baño. Ella pedía por mí y por otra de sus hijas. Nos tenía que ver y sentir cerca.

Llegaba la tarde y ya todos cansados se retiraron a la cocina a comer. Yo no. Me quedé junto con Ángeles -mi hermana biológica- dentro de la habitación junto a mi mami.

Pareciera que Dios y mi mamá se habían puesto de acuerdo en los tiempos por justo cuando sale la última persona de la habitación, la enfermera me dice: “Tú mamá ya está falleciendo”. En ese momento sentí como un balde de agua fría me caía y que el cielo se me juntaba con la tierra.

Se me fue el aire y tuve que contener el llanto que se me vino cual cascada por los ojos. Ahogué mis sollozos, los dejé atorados en mi pecho y garganta y cual promesa de amor que previamente nos habíamos hecho comencé a hablar. Dios nos había cumplido el milagro que tanto le rogamos. Ahí estaba yo con mi mami ayudándole a llegar al cielo. Palabras más, palabras menos esto fue algo de lo poco que recuerdo le dije:

“Felicidades mi muñequita hermosa, te ganaste el cielo. Mi reina, fuiste la mejor mamá que pudimos haber tenido. Sigue la luz mi amor, no te desvíes. Sigue el camino hacia el cielo. Sin miedo mi pequeña porque tu Miguelito va contigo mi reina hermosa. Vete con Dios mi niña preciosa. Ya no te necesitamos. Mira quién te está recibiendo en el cielo: es tu amado Jesús junto a María y ambos tienen los brazos abiertos para ti. Ya estás ahí, no te regreses. Quédate y abrázate a Dios, no te sueltes. Cuando veas a mi mami Ángeles dile que yo le mando decir que gracias por haberme regalado a su mami, que no le fallaste porque hasta el final me cuidaste y me llenaste de amor. Vete ya mi chiquita hermosa, no tengas miedo. Nos dejaste listos para vivir sin ti. Te amo mi viejita hermosa, amor más grande de mi vida. Vete ya mi niña, mi corazón…”

No sé cuantos minutos pasarían. Yo hablé y hablé hasta que su alma no estuvo más en su cuerpo. Claro tengo que el Espíritu Santo habló a través de mí. Despedí a mi mamá como ella se merecía y aún más importante, como ella lo quería, en un ambiente de armonía y sin dramas. Mi mami murió en paz y yo tuve la fortuna de ser la única hija en entregársela a Dios a las puertas del cielo.

También para mis hijos todo esto fue una lección de cómo Dios siempre nos escucha. Cuando su abuelita falleció y les llamé para dar la noticia, les dije: “¿Hijitos, se acuerdan por lo que rezábamos, que abuelita ya estuviera lista para el cielo? ¿Qué creen? Papá Dios ya nos escuchó”. Inmediatamente ambos supieron que mi mamá ya había fallecido y que ya estaba con Dios.

No tengamos miedo de escoltar a nuestros amados a las puertas del paraíso. Suena fuerte y casi impensable vivirlo, pero no lo es porque Dios da la gracia sobrenatural y las herramientas para hacerlo. Dios siempre nos muestra su rostro y su presencia y está en cada uno de nosotros saberlo descubrir.

Para mí no fue una coincidencia que mi mami, después de haber tenido 10 hijos vivos -más 2 fallecidos- y nacidos de su vientre me eligiera a mí, hija únicamente de su espíritu, para acompañarla al cielo.

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Articulo Revisado: Cómo ayudar a un ser querido a morir en paz Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos