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jueves, 6 de julio de 2017

Cómo acompañar en los fracasos y ser sabiamente compasivo

Hace poco estuve en casa de unos amigos. Su hijo de ocho años de edad, regresó hundido después de jugar un partido de fútbol. ¡Su equipo había perdido! Tuvo dos oportunidades de marcar el gol, pero la primera vez la pelota tocó el poste y la segunda vez voló demasiado alto. Su madre trató de consolarle diciendo: la próxima vez, todo saldrá bien. Su padre también mostró su apoyo. Mira que en la asignatura de inglés eres muy bueno. No tienes que ser bueno en todo.

Pero el enojado jugador vagaba por el apartamento, quejándose en voz baja. Pateó una silla. Luego entristeció y se volvió hacia la pared, y finalmente rompió a llorar.

Los padres repetían: fue solo un partido de clase. No llores, porque tendrás fiebre.

Al parecer, los padres no trivializaban los sentimientos no deseados de su hijo, sin embargo a nadie se le ocurrió acercarse al niño y darle un abrazo. Lo hizo su hermana pequeña. En el reflejo de su corazón corrió hacia él y le abrazó con toda la fuerza de una niña de cuatro años. Fue suficiente. De inmediato, su ánimo mejoró.

El hijo envía el mensaje emocional, y los padres se alejan de lo racional. Queriendo animarle – apelaban a los argumentos racionales. Minimizaron su fracaso al tamaño que tendría en el mundo de los adultos. Reducían la categoría del drama. Interpretaban el mundo desde la óptica del más arriba, quien conoce las verdaderas tragedias en la vida.

–Tú estás aquí llorando otra vez por recibir un suficiente (la nota), mientras hay niños que pasan hambre en África.

Las intenciones fueron buenas, pero el mensaje de apoyo no llegó a su destinatario.

A veces ese tipo de mensajes con intención de animar no acercan, sino marcan la distancia y la jerarquía. Lo peor es que evocan la soledad y el desamparo del niño. ¿Quién dijo que las tristezas infantiles duelen menos que las injusticias del mundo de los adultos? La mente del niño carece de mecanismos que le permiten tratar racionalmente con el fracaso.

Respeta los sentimientos. No hables desde la posición del que está más arriba y por lo tanto del que se burla: ¡¿Qué infantil eres aún?! Lloras por culpa de tal estupidez. ¡Ojalá tuvieras sólo este tipo de preocupaciones en la vida! ¡Mira a tu hermana pequeña, no llora! Lo que significa en el fondo: eres peor que una niña.

Y por lo que no se sabe cuando, queriendo romper el tedioso lloriqueo, empezamos a herir emocionalmente. Nuestras palabras iban a ayudar a conseguir que empezara a actuar y han producido más contusiones que un partido perdido. Forman una base sólida para desarrollar el sentido de inferioridad.

No juzguemos, no restauremos proporciones – sólo estemos presentes. Hagamos de testigos compasivos. Escuchemos. Con comprensión, con el apoyo, con calma, mirando a los ojos.

Demos permiso para hacerlo. No le digas que no lloriquee. Los chicos también lloran. Y si no lloran, después otros lloran a menudo por su culpa.

Un gesto sencillo y cariñoso hará que el niño se sienta querido, aceptado, aun cuando se sienta mal. Y en la vida adulta no tendrá miedo de revelar la debilidad o malestar por temor a ser rechazado.

Importante es no sólo lo que hacemos, sino también lo que abandonamos. En lugar de darle al niño una simple explicación de las reglas del mundo, es bueno conocer su esfera emocional y cuidar de ella. No es suficiente apelar a la razón o sacar del agujero por las orejas. Tal vez este tipo de contacto es demasiado “hablado” pero hay poco calor en él.

En silencio, cuando dejo de limpiar los platos, y estoy a solas con este pobrecito. En los simples gestos. Utilizando palabras diminutivas. Le dices: te sientes mal, te abrazaré, te acariciaré, te susurré algo agradable. Te sentaré en mis rodillas, vida mía, te adormeceré. Ven para que te diga palabras bonitas.

Incluso los niños mayores y adultos, después de todo, necesitan de este tipo de atención sensible. Se sentirán seguros cuando experimenten cosas malas.

Recuerdo que una vez en el autobús me senté al lado de una niña de cuatro años. Su madre le estaba leyendo un libro acerca de la ira. Era un libro para niños, pero escrito con un lenguaje muy, muy inteligente. Contenía palabras que aprendí en el primer año de mi carrera en psicología. Las emociones. Cómo expresarlas. Cómo exteriorizarlas. Cómo apagarlas. ¿Qué se siente cuando sientes la ira?

La madre leía, mientras la niña le daba codazos a cada momento.–Mira, ¡ha subido un perrito! ¡Casi no puede respirar, mira?La madre no podía verlo, porque estaba sumergida en la lectura.– Mamá, ¿qué es lo que mantiene en sus manos esta señora?

La madre ni siquiera la miró, porque es necesario leerle al hijo todos los días.

Entiendo la buena voluntad de la madre. Centrada en el papel de una madre consciente, pero también una completa falta de contacto con el hijo. La compasión es también una experiencia alegre cuando seguimos la charla de los niños.

Si no percibimos los sentimientos del niño, podemos, como madres, darle una educación intelectual profunda con dotes de ira, y al mismo tiempo, después de los años, convertirnos en las destinatarias de esta explosiva emoción.

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Articulo Revisado: Cómo acompañar en los fracasos y ser sabiamente compasivo Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos