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lunes, 19 de junio de 2017

Este santo trío de monjas dominicas muestra que Dios puede llamar a quien sea al convento

Si preguntas a la mayoría de las personas cuál de sus conocidas creen que es más probable que se haga monja, nueve de cada diez veces señalarán a la chica tímida, callada y apocada. Pero cualquiera que pase 10 minutos con un grupo de monjas te dirá que no todas las monjas son tímidas y hogareñas, todo lo contrario. Los conventos están llenos de reinas de la belleza, actrices y banqueras de inversión, llenos de retraídas, de ruidosas y de pícaras, y llenos de “problemas como los de María”.

Los 8 de junio, la Iglesia honra a un grupo de estas monjas: las beatas Diana, Amada y Cecilia, amigas de santo Domingo y unas de las primeras monjas dominicas.

La beata Cecilia Cesarini fue una noble benedictina. Por desgracia, aunque su comunidad era antigua y distinguida, también era laxa y envuelta en escándalos.

Cuando Cecilia tenía 17 años, Domingo llegó para reformar la comunidad por petición del Papa. Al escucharle hablar de la belleza de una vida por entero entregada a Dios, Cecilia quedó cautivada y se arrojó a los pies del gran predicador para pedirle que la recibiera en su orden y convertirse en una de las primeras monjas dominicas.

De la identidad de la beata Amada no se conoce mucho. Sabemos que sentía predilección por el corazón de santo Domingo, que recibió su nombre de él y que fue monja junto a Diana y Cecilia.

La más vivaracha de las tres era Diana d’Andalo, una joven noble descrita como “increíblemente hermosa”, además de elocuente, encantadora, inteligente y un tanto consentida.

A Diana le gustaban las cosas hermosas y caras, hasta que escuchó predicar al beato Reginaldo de Orleans, un antiguo predicador dominico. Condenada por las palabras del beato sobre el lujo y la vanidad, Diana dejó de lado los tesoros materiales que amaba e incluso persuadió a su padre para que donara parte de sus tierras a los frailes.

No satisfecha con esto, Diana no tardó en hacer voto de virginidad, con Domingo en persona como testigo. Este tipo de evento normalmente incluye padres orgullosos y madres de ojos húmedos, pero en la profesión de Diana no estuvieron ninguno, por el simple motivo de que ella no había dicho nada a sus padres sobre sus planes. Estaba preocupada (con razón) por que su adinerada familia insistiera en que se casara, así que tomó la desacertada decisión de pedir perdón en vez de permiso.

Su consagración secreta se volvió más complicada por el hecho de que todavía no había ningún convento dominico donde pudiera entrar. Diana comenzó a vivir como monja en su hogar familiar, pero su familia no le facilitaba el rezar y ayunar como ella quisiera, así que Diana urdió un plan: ella y sus amigas se irían de picnic a un convento agustino. Al terminar el día, todas las chicas volverían a casa, excepto Diana, que se escondería tras los muros del convento.

Diana no había tenido en cuenta la furia de su familia. Cuando sus amigas regresaron a Bolonia con la noticia de que Diana había decidido quedarse, su padre, hermanos y tíos salieron a caballo a buscarla. Galoparon hasta el convento y exigieron que regresara con ellos. Diana se negó y se aferró al mismo edificio hasta que la sacaron a rastras de allí, rompiéndole al menos una costilla en el proceso.

Diana parecía estar medio muerta cuando llegó a su casa y la confinaron a la cama. Durante ese tiempo, recibió cartas de Domingo en las que, aunque él mismo estaba ya en su lecho de muerte, la animaba a perseverar en su vocación. Y vaya si perseveró, porque no tardó mucho en hacer mella en la resistencia de su familia. La segunda vez que se escapó para hacerse monja, ya no la siguieron.

Poco antes de la muerte de santo Domingo, Diana cambió su hogar temporal con los agustinos por el convento de Santa Inés, donde empezó a vivir según la regla de santo Domingo. Durante unos cuantos meses, Diana sirvió como priora, pero pronto el beato Jordán de Sajonia (el maestro general de los dominicos tras la muerte de Domingo) envió desde Roma a unas monjas más experimentadas. De entre ellas, la beata Cecilia fue elegida priora.

Desde este momento, la vida continuó como cabía esperar para unas monjas de clausura, con la excepción de la profunda amistad entre Diana y el beato Jordán. Las múltiples cartas de Jordán a Diana nos ofrecen un modelo de dirección espiritual transformadora y de una amistad casta.

Estas cartas, junto con la descripción de santo Domingo que nos da la beata Cecilia, forman el legado literario de este trío de mujeres santas, pero su testimonio de santidad según Dios las hizo (y no como los demás esperaban que fueran) podría ser incluso más valioso.

Pidamos que recen por todas las mujeres que disciernen sobre la vida religiosa y por las mujeres que no parecen ajustarse a los moldes. Beatas Diana, Amada y Cecilia, ¡rueguen por nosotros!

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