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martes, 13 de junio de 2017

El venezolano (aún secuestrado) que se adelantó al Papa Francisco

El sábado 14 de enero del 2012, una noticia impactó a los venezolanos: los familiares de Juan Cortés, de 65 años de edad, gallego de origen y venezolano por voluntad y de corazón, dueño del famosísimo restaurante caraqueño “Casa Cortés”, confirmaban que había sido secuestrado y que el empresario estaba en poder de un grupo desconocido para ellos.

Celosamente guardaron hermetismo sobre el caso “hasta tanto se produzca la liberación”. Hasta hoy lo mantienen, así como la esperanza de que siga con vida. No obstante, informaciones de prensa difundieron versiones encontradas que no conducían a ninguna hipótesis. Hoy el caso, casi olvidado y sin certezas de quiénes se lo llevaron ni a dónde, no es razón para que la falta de Juan siga como un puñal en el alma de media Caracas.

Sólo ese mes de enero se produjeron en la capital venezolana 25 secuestros. Cortés era nativo de Cambre, La Coruña, España. Estaba residenciado en Caracas y vino al país en 1965, pero antes residió un año en Francia. Padre de dos hijas y orgulloso abuelo de un pequeño que era “su ojito derecho” y que contaba solo 5 años de edad al momento del hecho, es extrañado día a día por su familia y tantos amigos que lo querían por su solidaridad y bondad.

Un empresario exitoso que había sido socio de famosos, entre otros de Espartaco Santoni en negocios de hostelería, Juan era serio, familiar, sobrio y un incansable trabajador. Por eso triunfó donde otros fracasaron. Era un hombre muy apreciado por generoso, tanto con los clientes de su establecimiento como hacia aquellos que acudían a él por alguna necesidad. Juan no era católico, menos practicante de nada sino de la caridad. Pretendía que era agnóstico pero en realidad se comportaba como el más consecuente de los cristianos.

Un buen día, su atribulada esposa, siempre a la espera de Juan después de 5 años sin la menor noticia -a pesar de que, según versiones, se habría pagado un multillonario rescate reunido entre varios de los múltiples amigos, españoles y venezolanos, que Juan atesoraba- accedió a conversar sobre él y su vida juntos. Contó lo que nadie sabía porque él no permitía que se divulgara. Contó lo que todos podíamos perfectamente haber imaginado y resultaría cierto. Reveló que Juan hacía lo que el Papa Francisco hoy recomendó para la Jornada Mundial de los Pobres: Invitar a los vagabundos del barrio a casa.

Juan lo hacía cada 24 de diciembre. Por eso no aceptaba invitaciones ni salía de juerga. Pedía a su familia que se arreglara muy elegante, como corresponde para tan señalada fecha, cerraba su restaurante, invitaban a los humildes y cenaban en la intimidad con los pobres de la zona. Al principio, Luisa confesaba que intentaba resistirse “por los niños” que seguramente estarían incómodos.

Se codeaban con lo mejor de Caracas pero para Juan no era ningún problema compartir la mesa con los desamparados. Así que él, con su bien conocida suavidad de maneras, con su comportamiento siempre dulce y humilde, para nada jactancioso, los fue llevando y aquello devino en una costumbre familiar la noche dedicada a celebrar el nacimiento del Hijo de un Dios que tal vez, sin saberlo, buscaba y necesitaba. Ella lo contaba casi con vergüenza: “¡La religiosa soy yo y fue él quien tuvo esos gestos!”.

Nunca se supo del destino corrido por Juan. Informaciones de prensa posteriores divulgaron que habrían hallado sus restos, lo cual fue desmentido.

Más de medio centenar de funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) de Venezuela se dedicaron a rastrear por la geografía los lugares donde se sospechaba habría sido llevado y hasta un detenido, sospechoso por el caso, afirmó que le habrían dado muerte.

Pero hasta hoy no se sabe de Juan. Aún aguardan su regreso “porque la esperanza es lo último que se pierde”. Vuelva o no, queda su legado de sencilla cordialidad, de caballero de fina estampa y noble humanidad que se adelantó a la recomendación del Papa Francisco.

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