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martes, 13 de junio de 2017

10 anécdotas de san Antonio de Padua

San Antonio de Padua es conocido en todo el mundo con el calificativo de taumaturgo, que quiere decir el que “obra milagros”, porque durante su vida Dios realizó a través suyo numerosos prodigios. Aquí te relatamos sólo diez de los muchos que nos han llegado a través de los siglos.

Fernando (su nombre de bautismo) era un niño muy obediente, tanto con Dios como con sus papás terrenales. Por esa razón su Papá del cielo un día lo premió. Era la época en que los gorriones en bandadas hacían estragos en los trigales, y el padre de Fernando le había dado la tarea de cuidar el campo de los pájaros en su ausencia.

El niño contento obedeció, pero en un momento sintió un fuerte deseo de ir a rezar en la iglesia. Entonces llamó a todos los gorriones y los encerró en una habitación. Cuando llegó su padre se enojó mucho al ver que Fernando no estaba en el campo y lo llamó para reprocharle, pero el niño le aseguró que los pájaros no comieron ni un grano de trigo y lo llevó hasta donde estaban encerradas las aves, y las soltó. El padre, maravillado, abrazó muy fuerte a su hijo.

San Antonio, como muchos grandes santos, era perseguido por el demonio, enojado porque le quitaba muchas almas. Por lo tanto siempre buscaba molestarlo cuando predicaba.

Un día, cuando el santo predicaba en la ciudad de Limoges, en Francia -al aire libre, porque la iglesia no podía contener toda la gente que había ido a escuchar su predicación-, de repente el cielo se nubló amenazando con una terrible tormenta.

El público comenzó a marcharse y Fray Antonio los llamó asegurando que no les caería ni una gota. Y así fue, llovió fuertemente alrededor de la gente, dejando completamente seca la parte donde ellos estaban. Al final de la predicación, todos los que asistieron alabaron al Señor y dieron gracias por lo que acaban de presenciar.

Este es uno de los milagros más conocidos de san Antonio. Una vez, encontrándose en Rimini, el santo trató de convertir a un hereje. Discutían sobre la real presencia de Jesús en la Eucaristía.

El hereje, llamado Bonvillo, lanza el desafío al fraile afirmando: si tú, Antonio, lograras probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes está, velado, el verdadero cuerpo de Cristo, yo renunciaré a cada herejía y abrazaré sin demora la fe católica. Antonio acepta el desafío convencido de conseguirlo todo de Dios, por la conversión del hereje.

Entonces Bonfillo, dice: yo tendré encerrada mi mula por tres días privándola de comida. A los tres días, la sacaré ante la presencia del pueblo y le dejaré el heno listo para que coma. Tú mientras tanto estarás por el otro lado con aquello que afirmas ser el cuerpo de Cristo. Si el animal incluso hambriento rechaza el alimento y adora a tu Dios yo creeré sinceramente en la fe de la Iglesia.

Antonio rezó y ayunó todos los tres días. El día establecido, la plaza estaba repleta de gente, todos a la espera de ver quién ganaba la disputa. Antonio celebró la misa delante de la muchedumbre y luego con suma reverencia acercó el cuerpo de Cristo ante la mula hambrienta y al mismo tiempo Bonfillo le enseñó el heno.

Entonces san Antonio ordenó al animal: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”.

El santo ni siquiera había acabado estas palabras cuando el animal, dejando a un lado el heno, inclinándose y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante de la Eucaristía. Una gran alegría contagió a los fieles y el hereje renegó de su doctrina en presencia de toda la gente y se convirtió a la fe católica.

Un día, san Antonio se cruzó en la calle con un hombre famoso por su vida disoluta. Al verlo inmediatamente le hizo una genuflexión, llamando la atención del hombre. Y así lo hizo las varias veces que lo encontraba. El hombre, molesto porque pensaba que se estaba burlando de él, irritado le dijo: “ Si no terminas de burlarte de mí, te atravesaré con mi espada”, a lo que respondió el santo: “Oh glorioso mártir de Dios, acuérdate de mí cuando estés en el paraíso”. El hombre al oír sus palabras se echó a reír. Años después el pecador estando en Palestina se convirtió, predicó su fe a los sarracenos y fue martirizado, cumpliéndose la profecía del santo.

5. La predicación a los peces

En una ocasión, cuando un grupo de personas impedían al pueblo acudir a sus sermones, san Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: “Oigan la palabra de Dios, ustedes los peces del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar”.

Mientras hablaba, los peces empezaron a unirse y a acercarse a él, sacando sus cabezas fuera del agua para escuchar atentos las palabras del fraile que los invitaba a alabar a Dios, creador del agua en la que encontraban su alimento y vivían en serenidad.

Maravillados, los pescadores corrieron a la ciudad a contar lo que apenas habían visto a los habitantes de la aldea, y con ellos, también los herejes, se arrodillaron escuchando las palabras de Antonio.

Un día se presentó delante del santo un gran pecador, decidido a cambiar de vida y reparar todos los males cometidos. Se arrodilló a sus pies para hacer la confesión pero fue tal su conmoción que no logró abrir la boca, y lloraba desconsoladamente . Entonces el santo fraile le aconsejó apartarse y escribir sobre una hoja todos sus pecados.

El hombre obedeció y volvió con una larga lista. Fray Antonio leyó todos los pecados en voz alta y le devolvió la hoja. ¡Cuál fue la maravilla del pecador arrepentido, cuando vio la hoja perfectamente limpia! Los pecados desaparecieron del alma del pecador e incluso del papel.

Al santo lo vemos representado casi siempre con el Niño Jesús, y esto se debe a que cuando era todavía un joven fraile estaba rezando solo en una habitación donde fue hospedado para un periodo de descanso, y el dueño, espiando a hurtadillas por una ventana, vio que el fraile tenía en sus brazos un hermoso niño al que abrazaba y besaba con intensa contemplación.

El hombre, atónito y extasiado por la belleza de aquel niño, se preguntaba de dónde había salido y el mismo Niño Jesús le reveló a Antonio que el huésped estaba observándolo. Después de larga oración, desapareció la visión, el santo llamó al hombre y le prohibió contar lo que había visto. Con este acto de ternura, Jesús demostraba su amor a su siervo bueno y fiel.

En Ferrara había un caballero extremadamente celoso de su mujer, que poseía una innata gracia y dulzura. Quedando embarazada, injustamente la acusó de adulterio y una vez nacido el niño, que tenia la tez bastante oscura, el marido se convenció aún más de que esta la había traicionado.

En el bautismo del niño, mientras el cortejo se dirigía a la iglesia con el padre, parientes y amigos, Antonio pasó cerca de ellos y sabiendo las acusaciones del hombre, impuso el nombre de Jesús al niño. Preguntándole quién era su padre, el pequeño, de solo poco días de vida, apuntó con el dedo hacia su padre y luego, con voz clara, dijo: “¡éste es mi padre!”.

La maravilla de los presentes fue grande, y sobre todo de aquel hombre, que retiró todas las acusaciones contra su esposa y vivió felizmente con ella.

Una vez, los herejes, movidos por el odio que tenían hacia el santo, pensaron en hacerlo morir envenenándolo y fingiendo querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo y lo invitaron a un almuerzo. Nuestro fraile, que no quiso perder la ocasión para hacer un bien, aceptó la invitación. Y le sirvieron un plato con comida envenenada.

Fray Antonio, inspirado por Dios, se dio cuenta y los regañó diciendo: “¿Por qué hicieron esto?”. “Para ver – contestaron – si son verdaderas las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles: “Beberéis el veneno y no os hará mal”.

Fray Antonio se recogió en oración, trazó una señal de cruz sobre la comida y luego serenamente comió, sin que le sucediera absolutamente nada. Confusos y arrepentidos de su mala acción, los herejes pidieron perdón, prometiendo convertirse.

Cuando Antonio se encontraba en Padua, sucedió en Lisboa, su ciudad natal, que un joven mató a su mayor enemigo y lo enterró en el jardín de la familia del santo. Cuando encontraron el cuerpo, culparon a su padre, el dueño del jardín. Trató de demostrar su inocencia y no pudo.

Entonces el santo viajó hasta Lisboa y se presentó ante el juez declarando la inocencia de su padre. El juez no le creyó, así que hizo traer el cadáver ante el tribunal y le preguntó: “¿Fue mi padre el que te mató?”. El cuerpo, resucitando, respondió: “no, no fue tu padre” y cayó de nuevo exánime. Y el juez se convenció de su inocencia.

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Articulo Revisado: 10 anécdotas de san Antonio de Padua Puntaje: 5 Reviesado por: El Evangelio del día