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[TEXTO COMPLETO] Palabras del Papa Francisco en Vía Crucis de Viernes Santo 2014

Enviado por Victorino Alvarez Tena el viernes, 18 de abril de 2014 | 17:22



Papa Francisco en Vía Crucis hoy. Foto: ACI Prensa


Papa Francisco en Vía Crucis hoy. Foto: ACI Prensa



VATICANO, 18 Abr. 14 / 04:51 pm (ACI/EWTN Noticias ).- Al presidir hoy el tradicional Vía Crucis por Viernes Santo en el Coliseo de Roma, el Papa Francisco subrayó que “Dios ha puesto en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados”, por lo que ahí “vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente”.


A continuación, el texto completo de las palabras del Papa Francisco al presidir el Vía Crucis por Viernes Santo:


Dios ha puesto en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos.


Era una cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas, pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal.


Y sin embargo es con todo una cruz gloriosa, como el alba de una noche larga, porque representa todo el amor de Dios, que es más grande que nuestras iniquidades y nuestras traiciones.


En la cruz vemos la monstruosidad del hombre cuando se deja guiar por el mal, pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios, que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.


Ante la cruz de Jesús vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente, ante la cruz nos sentimos hijos y no cosas u objetos, como lo afirmaba San Gregorio Nacianceno, dirigiéndose a Cristo con esta oración: Si no existieras tú, mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento disolver, como duermo descanso y camino, me enfermo y curo, me asaltan sin número los tormentos, gozo del sol y de cuanto fructifica la tierra. Después muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios, si no existieras tú, Oh, Cristo mío, me sentiría criatura acabada. Oh, Jesús, guíanos desde la cruz hasta la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón. Oh, Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él.


Finalmente, todos juntos, recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, para que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la resurrección y del amor de Dios.


Etiquetas: Viernes Santo, Vía Crucis, Semana Santa, Papa Francisco



Francisco en el Vía Crucis: El mal no tendrá la última palabra


Inmigración, crisis económica, marginación y enfermedad al centro de las meditaciones


Roma, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Rocío Lancho García | 0 hits


La noche del Viernes Santo el Coliseo ha estado iluminada por la luz de las velas de las miles de personas que han acompañado al Santo Padre en el Vía Crucis. Francisco, en profunda actitud de oración, ha escuchado las estaciones y las reflexiones desde la terraza del Palatino. Un Vía Crucis que ha reflexionado sobre la crisis, la inmigración, la pobreza y tantos otros males que sufre el mundo de hoy. La Cruz, cargada por algunos protagonistas de estos sufrimientos, ha salido desde el interior del Coliseo hasta la calle, mientras la multitud de fieles escuchaba las meditaciones desde los alrededores.


"En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal. Pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia", ha indicado el Santo Padre en la reflexión final del Vía Crucis. A pesar de que no estaba previsto, el Papa ha realizado una breve reflexión. Asimismo, ha afirmado que "frente a la Cruz de Jesús vemos casi, hasta tocar con las manos, cuánto somos amados eternamente. Frente a la Cruz nos sentimos hijos y no cosas u objetos". Francisco ha realizado una oración, pidiendo al Señor: "enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón". Finalmente ha pedido recordar a los enfermos, a las personas abandonas bajo el peso de la Cruz, "para que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, la esperanza de la Resurrección y del amor de Dios".


Un trabajador junto con un emprendedor, dos extranjeros, dos personas en un centro de rehabilitación, dos personas sin hogar, una familia, dos presos, dos mujeres, dos enfermos, dos niños, dos ancianos, custodios de Tierra Santa, dos religiosas, y el cardenal Vallini -en la primera y en la última-, han sido los encargados de llevar la cruz en cada una de las estaciones.


"¿Y nosotros, sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que no dé nunca la espalda al inocente, se despliegue, con valentía, en defensa de los débiles, resistiendo a la injusticia y defendiendo en cualquier lugar la verdad violada?", se ha escuchado en la primera estación.


En la segunda, se ha reflexionado sobre el peso de la crisis económica. "El peso de todas las injusticias que han producido la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo, despidos, un dinero que gobierna en vez de servir, la especulación financiera, los suicidios de los empresarios, la corrupción y la usura, con las empresas que dejan el propio país".


En la siguiente estación, se ha podido escuchar sobre la fragilidad que nos abre a la acogida, "con la fuerza interior que le viene del Padre, Jesús nos ayuda también a acoger la fragilidad de los otros, a no ser cruel con quien ha caído, a no ser indiferente hacia quien cae".


A continuación se ha detenido en las "lágrimas solidarias". En esta estación se recogen "todas las lágrimas de cada madre por los hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, muertos o partidos a la guerra, especialmente los niños soldado". Así como se ha pensado en las "madres vigilantes en la noche con las lámparas encendidas, con ansia por los jóvenes abrumados por la precariedad o consumidos por la droga o el alcohol, ¡especialmene el sábado por la noche!"


En la quinta estación se ha podido oír la mediación sobre la mano amiga que alivia. "Solo abriendo el corazón al amor divino, soy empujado a buscar la felicidad de los otros en tantos gestos de voluntariado: una noche en el hospital, un préstamo sin interés, una lágrima secada en familia, la gratuidad sincera, el compromiso a largo plazo del bien común, el compartir el pan y el trabajo, venciendo cualquier forma de celos o envidia".


Siguiente estación, la sexta: la ternura femenina. "La Verónica consigue tocar el dulce Jesús", "no solo para aliviar sino para participar en su sufrir".


Séptima estación: la angustia de la cárcel y la tortura. En esta ocasión se ha escuchado que "en cada cárcel, junto a todo torturado, está siempre Él, el Cristo que sufre, encarcelado y torturado".


Y a continuación ha llegado la octava estación "compartir y no conmiseración". En esta ocasión "lloramos por esos hombres que descargan sobre las mujeres la violencia que tienen dentro. Lloramos por las mujeres esclavizadas por el miedo y la explotación". Añadiendo que "las mujeres son tranquilizadas como hizo Él, son amadas como un don inviolable para toda la humanidad".


En la novena estación: "vencer la nociva nostalgia", donde se ha pedido que "nos ayude la contemplación de Jesús desplomado, pero capaz de alzarse, a saber vencer las clausuras que el miedo del mañana imprime en nuestro corazón, especialmente en este tiempo de crisis. Superemos la nociva nostalgia del pasado, la comodidad del inmovilismo, del ¡siempre se ha hecho así!".


Y ha llegado la décima estación y la reflexión sobre la unidad y la dignidad. "En Jesús, inocente, desnudado y torturado, reconocemos la dignidad violada de todos los inocentes, especialmente de pequeños".


En la undécima estación, "en la cama de los enfermos", se ha escuchado que "solo si encontramos, junto a nosotros, alguno que nos escucha, nos está cerca, se sienta en nuestra cama... entonces la enfermedad se puede convertir en una gran escuela de sabiduría, encuentro con el Dios paciente".


"El gemido de las siete palabras", motivo de reflexión en la estación duodécima. Estas siete palabra de Jesús en la Cruz, "son una obra maestra de esperanza. Jesús, lentamente, con pasos que son también los nuestros, atraviesa toda la oscuridad de la noche, para abandonarse, confiado, en los brazos del Padre. Es el gemido de los moribundos, el grito de los desesperados, la invocación de los perdedores. ¡Es Jesús!"


A continuación, decimotercera estación: "el amor es más fuerte que la muerte". Y aquí, se ha reflexionado que la piedad "significa hacer prójimo a los hermanos que están en luto y no se resignan. Es gran caridad cuidar a quien está sufriendo en el cuerpo herido, en la mente deprimida, en el alma desesperada". Y es que "amar hasta el final es la enseñanza suprema que nos han dejado Jesús y María".


Y finalmente, decimocuarta estación, "el jardín nuevo". En la última parada del Vía Crucis se ha escuchado que "la muerte nos desarma, nos hace entender que estamos expuestos a una existencia terrena que tiene un final. Pero es delante de este cuerpo de Jesús, depuesto en el sepulcro, que tomamos conciencia de quién somos. Criaturas que, para no morir, necesitan a su Creador".



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


LIVE Via crucis desde el Coliseo con el Papa Francisco


CENTRO DE ESTUDIOS CATÓLICOS CEC


El CEC -Centro de Estudios Católicos- es un espacio cultural en el que se promueve el estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas, iluminándolas desde la riqueza de la fe. Queremos generar un compromiso activo de los laicos en la transformación del mundo, buscando contribuir a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada en el que la persona humana pueda vivir acorde con el designio divino.



¿Qué sentiría, si pudiera sentir, el árbol de la Cruz?

AP Photo/Mahesh Kumar A.



Me he preguntado…

¿Cómo se habrá sentido el árbol donde fue clavado Jesús?


Hijo de la naturaleza y alimentado por ella,

creció escuchando el trinar

de los pájaros en la mañana

y cobijándolos de las sombras de la noche.

Sintió en sus hojas la tibieza del sol

y el frio de la helada..

Bajo su sombra protegió a peregrinos

y animales que en los días de verano

buscaban refrescarse debajo de su follaje

para sentir la brisa que se colaba por las hojas.


En la primavera alegró el lugar

con sus tornasoladas flores

donde los colibrís y las mariposas

se deleitaron con ellas.

Cuando llegó a la madurez de su vida,

comenzó a sentirse cansado…

y su savia fue circulando con menos energía.


Un día sintió un profundo dolor en sus raíces…

Un grupo de hombres con hachas en sus manos

con brutal esfuerzo picaron su tronco

y cortaron sus raíces y ramas.

Poco a poco la savia dejó de circular

y sin vida se desplomó

en el suelo que le dio vida y le vio nacer…


Arrancado de la tierra

fue llevado a un aserradero

donde cortaron su tronco en dos

y lo midieron para que formara una cruz.

Permaneció un tiempo en un rincón

hasta que un día dos soldados

lo tomaron y se lo llevaron…


Lo arrastraron por los adoquines de la ciudad

y en cada paso el madero sentía que iba dejando

parte de su corteza en aquel áspero suelo…

Cuando llegaron a un lugar

que parecía una cárcel

sin piedad lo tiraron contra el suelo…

El golpe seco que retumbó en la habitación

hizo que se conmoviera

aquel hombre desfigurado…

lleno de heridas y coronado de espinas

que estaba orando en un rincón.


Los soldados dando un grito

le obligaron a cargar los maderos.

El hombre sin emitir sonidos,

con suavidad se abrazó a ellos…

Parecía que quería encontrar allí fuerza

pues estaba sin aliento…

Mirando con amor aquel trozo de vida desgarrado,

que fue árbol en un tiempo,

vio reflejada su vida en él…

pues estaba siendo arrancado de la tierra

como habían hecho con ese madero,

y aceptó no solo su compañía

sino que fuera su lecho de muerte.


Su sangre se mezcló con la savia del madero

y ambos se apoyaron en el camino,

hombre y madero de cruz, caminaron juntos…

Uno cargando, sintiendo el peso inerte de los maderos,

y dejando huellas de sangre…

y otro siendo cargado, dejando parte de su corteza

en el camino hacia el Gólgota…


El cansancio, el dolor, las heridas

dejaron sin aliento al hombre Jesús,

que no pudo cargar solo los maderos

y entonces Simón de Cirene le ayudó

hasta llegar al lugar de la Calavera.


En el momento de la crucifixión

los maderos sintieron ahora

el peso del cuerpo vivo de Jesús.

Unos clavos hicieron inseparables

el cuerpo de Jesús y la cruz

donde se unió la sangre, la savia y los maderos…

En cada golpe donde se iba incrustando

el metal en la carne y la madera,

se abría una herida por donde se iba la vida

que entraba en los maderos que la sostenía…


Cuando terminaron de crucificar a Jesús,

lentamente los soldados elevaron los maderos

donde permanecían unidos el hombre y la cruz.

El árbol que sirvió para dar vida

ahora contiene al que es la Vida…

que la está entregando minuto a minuto

ahora ya sin aliento, pues se va…

Los brazos del madero

sostienen su cuerpo sin vida

Y los brazos del Padre reciben su vida…

Entre maderos de un establo nació

Y entre maderos de cruz murió…


Y aquel árbol nunca imaginó

ser cargado y cargar al que es la Vida…

Le marcó tanto su existencia

que quiere permanecer con él eternamente.

Sus maderos son testigos de la agonía y del dolor

pues sintió hasta los últimos latidos de su corazón…

Desgarrado por su dolor, no quiere separarse de él…

El amor de María, le hace cambiar de opinión,

ella, su madre, contempla y besa

los maderos que ahora son su lecho de dolor…


Y sin oponer resistencia,

conmovido por el maternal amor,

el árbol entrega no sin dolor,

el cuerpo muerto del Señor.

Quedan gravadas en él,

las cicatrices de la pasión

hecho que quedará para siempre

en la corteza de su corazón.


Lentamente en silencio y sin prisa

el cuerpo sin vida de Jesús

es colocado en el regazo materno

escena que no tiene descripción

​pues madre e Hijo se unen

en abrazo eterno de amor…



Estaba también con ellos Judas, el traidor


Reflexión completa del Padre Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia


Ciudad del Vaticano, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Redacción | 1 hit


Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.


Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el 'evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.


¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!


Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume preciosos derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran de pobres —hace notar Juan—, sino porque "era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).


Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible.




Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.




«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decir— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?


Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?


En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido fila los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!




Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!"


Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20)! Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y alos demás?




La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». "Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».


Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean los treinta denarios de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenunante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin's, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.


El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahocarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.


Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno.


Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros:


Abominables mis pecados fueron

mas tan gran brazo tiene la bondad

infinita, que acoge a quien la implora .


He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.


Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3).

La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentidos, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!


Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso de nuestro tiempo:


«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo!

Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche.

Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! [...]

Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia.

Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas.

Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno.

El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio.

Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido».


Este puede hacer de nosotros la Pascua de Cristo.



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


El Papa almuerza con 10 sacerdotes


El dí­a de Jueves Santo, Francisco comió acompañado por un grupo de presbíteros romanos y por monseñor Angelo Becciu


Ciudad del Vaticano, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Redacción | 0 hits


El Santo Padre ha querido compartir la comida del Jueves Santo con 10 sacerdotes romanos, en el día en el que la Iglesia celebra la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial.


Al finalizar la mañana del Jueves Santo, 17 de abril, el Pontífice se dirigió a la casa del arzobispo Angelo Becciu, sustituto de la Secretaria de Estado. Allí pasó una hora y media almorzando con párrocos y sacerdotes de Roma, quienes habían participado esa misma mañana en la Misa Crismal en la Basílica de San Pedro.


El encuentro tuvo lugar de las 13.00 a las 14.30, en un clima de sencilla cordialidad, se lee en la nota de Radio Vaticana. De esta forma, el Pontífice ha podido conocer las experiencias de algunos de los sacerdotes de su diócesis, sobre todo de los comprometidos en situaciones de particular dificultad. Los 10 presbíteros han podido hablar de sus realidades con el Santo Padre, quien "ha escuchado con gran atención cuanto le han indicado, animando a los sacerdotes en su misión".


Y así se repite la iniciativa que Francisco tomó también el año pasado el día de Jueves Santo, cuando monseñor Becciu acogió para la comida al Papa y a siete sacerdotes romanos.



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


El Papa regala 150 huevos de chocolate a los niños del Bambino Gesù


Francisco visitó este hospital pediátrico de Roma el pasado 21 de diciembre


Ciudad del Vaticano, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Redacción | 0 hits


Los niños ingresados en el hospital pediátrico de Roma Bambino Gesù han recibido 150 huevos de chocolate de parte del papa Francisco. El Santo Padre ha querido ofrecer este regalo a los pequeños pacientes en ocasión de la fiesta de Pascua, según publica una nota de Radio Vaticana.


Los coloridos huevos de chocolate se han distribuido en la ludoteca y entre los niños de la planta de oncología. De este modo, el Santo Padre muestra nuevamente su cercanía con los niños de este hospital, que visitó personalmente el pasado 21 de diciembre.


El hospital pediátrico Bambino Gesù es propiedad de la Santa Sede desde 1924 y es conocido por las familias como "el hospital del Papa". El primer Pontífice en visitar este lugar fue Juan XXIII -que será canonizado el próximo domingo 27 de abril- y lo hizo en el año 1958.



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


LIVE Oficios del Viernes Santo con Papa Francisco


H.H Dominicas de La Presentación


Congregación Religiosa de origen francés, fundada por Marie Poussepin en 1696 y presente hoy en toda América, Europa, África y Asia. Nuestro Carisma es Conocer y anunciar a Jesucristo por el ejercicio de la Caridad en Iglesia. Lo logramos a través del servicio en Educación, Salud y Pastoral Parroquial



Pidamos a Cristo la concordia entre cubanos, exhorta Mons. Aranguren



Foto: Víctor Nuñez (CC-BY-2.0)


Foto: Víctor Nuñez (CC-BY-2.0)



LA HABANA, 18 Abr. 14 / 07:31 am (ACI/EWTN Noticias ).- El Obispo de Holguín (Cuba), Mons. Emilio Aranguren Echeverría, exhortó a la población a pedir a Cristo la concordia entre los cubanos y a que los ayude a cargar su Cruz, así como a practicar la misericordia en sus familias y en las relaciones con otras personas.


“Hoy es un día para pedir la concordia entre nosotros, para pedirle a Jesús que cambie nuestro corazón, para pedirle que nos bendiga y nos ayude a cargar nuestra cruz sin dejarnos aplastar por ella, para rogarle a la Virgen de los Dolores, que permaneció firme junto a la cruz de su Hijo, que nos enseñe a saber acompañar a quien sufre y nos de la fuerza para vivir con la esperanza y la certeza de la Resurrección”, expresó el Prelado en su mensaje radial con ocasión del Viernes Santo.


En su mensaje, Mons. Aranguren recordó a la población que en la loma de Holguín cuentan con una cruz que puede ser vista cada mañana “al salir hacia el trabajo o hacia los quehaceres”, y que “es una invitación continua a recordar el precio de nuestra redención pagado por Jesucristo, quien se entregó y dio la vida para que nosotros tengamos vida verdadera. En todo el territorio de nuestra Diócesis se venera la Santa Cruz, por ejemplo en Uñas, en Floro Pérez y en Gibara donde, año tras año, al igual que en toda la zona de Sagua y Moa se adorna y se canta en los Altares de Cruz”.


El Prelado también recordó que los evangelios dan ejemplos de cómo “Jesús acogía a los excluidos, sanaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y tenía palabras de esperanza para todos”.


“Nosotros estamos llamados a practicar la misericordia en el seno de nuestra familia, en nuestras relaciones con las personas. Podemos recordar que Dios es bueno con nosotros, que ha dado la vida por amor a nosotros… y podemos imitarlo, mirando a los demás con compasión, teniendo palabras amables, perdonando las ofensas, generando vida allí donde quizás falta la esperanza y las ganas de vivir”, afirmó.


Asimismo, pidió rezar por los jóvenes cubanos para que Cristo los conduzca por el camino del bien, y para que su participación en las celebraciones de Viernes Santo, como el Vía Crucis, “no sea una representación de sólo un día, sino que cada día puedan recordar el amor que Dios les tiene”.


Finalmente, Mons. Aranguren invitó a caminar “con Jesús con la certeza de nuestra fe y la seguridad de que Jesús venció a la muerte. Y porque Él resucitó, nosotros también podemos renacer cada día a una vida nueva de resucitados: para vivir con misericordia, para saber perdonar, para ser sembradores de paz… para ser buenos discípulos del Maestro que por amor dio la vida por nosotros”.


Etiquetas: Cuba, Iglesia en Cuba, Semana Santa



¿Los jóvenes de hoy ya no saben lo que es la cruz?


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Viernes Santo: Cristo ha muerto


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Effetá es un blog Católico al servicio de la Iglesia, como aporte a la nueva Evangelización.Su fin es compartir información de interés, como ayuda a nuestro crecimiento espiritual mutuo en escucha de la palabra y en fortalecimiento de nuestra Fé. Camino que nos lleve desde el Bautismo, en humildad y Obediencia, a proclamar con nuestra vida la Verdad que es Jesucristo, por revelación del Espíritu Santo y por misericordia de Dios Padre.SIGNIFICADO:Etimología:Del hebreo ephethahh (ábrete, voz empleada en la liturgia en el sacramento del bautismo y de la Traditio Symboli)Cita Biblica:“Se marchó de la región de Tiro, y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentaron un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le rogaron que impusiera la mano sobre él. Jesús, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Después levantó los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: “Effatá”que quiere decir “!Ábrete!” Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más lo propagaban ellos. La gente quedó maravillada sobremanera, y comentaban: “ Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.”Mc. 7, 31-37.Effetá en las primeras comunidades Cristianas.…Es que la preparación de los adultos, en su mayoría salidos de un ambiente pagano de costumbres incompatibles con las exigencias cristianas, exigía mucha instrucción y pruebas de fidelidad y madurez. El catecumenado duraba por lo menos tres años. En esa condición de catecúmenos no se podía recibir los sacramentos y ni siquiera participar de toda la santa Misa. Aún con la obligación de asistir a ella los domingos, los catecúmenos debían retirarse después de la predicación.Todo comenzaba cuando alguno, atraído por el cristianismo y, sobre todo, por el testimonio de los cristianos, solicitaba al obispo ser preparado a la gracia incomparable del bautismo. No todos eran admitidos: eran, por ejemplo, excluidos -hasta que no dejaran su profesión-, gladiadores o actores de comedias inmorales u otras profesiones desdorosas. Pero, si aceptados como catecúmenos a iniciarse, recibían de parte de un "doctor" -así llamaban a los catequistas-, enseñanzas morales, la explicación de los mandamientos y los consejos, y ayuda necesaria para practicarlos. Ese primer año terminaba con un examen llamado 'escrutinio' -de 'escrutar', observar, probar-, en el que, con la garantía de testigos y el apoyo de los padrinos, si eran aprobados, podían pasar ya, mediante la imposición de las manos, a la categoría de bautizandos -'baptizand'i- Con esta ceremonia de admisión comenzaban a recibir una catequesis, ahora doctrinal, sumaria, también impartida por un doctor, sobre los 'rudimenta fidei', los rudimentos de la fe. Esto venía acompañado al pasar de los días por diversas ceremonias como exorcismos, imposición del signo de la cruz, celebración de bendición y entrega de la sal, continuando siempre con la práctica vigilada de los mandamientosPromediado el tercer año, ya cuarenta días antes de la Pascua, se comenzaba una preparación más intensa y exigente. Inmediatamente antes de esos cuarenta días -que son el origen de nuestra Cuaresma- se realizaban nuevos escrutinios o exámenes y, mediante otro rito de entrada y la inscripción del nombre, se ingresaba finalmente en la categoría de los 'electi', los elegidos o electos. Durante ese tiempo se intensificaban los esfuerzos espirituales, se practicaba el ayuno, se realizaban largas vigilias de oración. Era al inicio de este último período, ya proclamados 'elegidos', cuando recién se entregaba a estos el 'Credo' o 'símbolo de los apóstoles', en un acto especial llamado "Entrega del Credo" -'traditio symboli'- Tomaban ahora la palabra no simples doctores o catequistas, sino el mismo Obispo, quien, durante esos cuarenta días, explicaba asidua e intensamente los artículos de fé del Credo a los elegidos. Ejemplos de esa enseñanza exclusiva, protegida por la disciplina del arcano a la mirada de los infieles, -"no hay que tirar margaritas a los chanchos", había dicho el Señor-, se encuentran en las famosas catequesis de San Cirilio, obispo de Jerusalén o San Ambrosio, de fines del siglo IV. Esta entrega del credo o 'traditio symboli', seguida de la cotidiana y larga catequesis episcopal, era la preparación a lo que se llamaba, al revés, la 'reditio symboli', la 'devolución del Credo', que consistía en su recitación convencida por parte de los elegidos el Sábado Santo.Ese día, en la catedral, a la mañana, se reunían todos los electos que todavía perseveraban, para una última formula de exorcismo, seguida de la unción en los oídos, la nariz y el pecho con el óleo de los catecúmenos. Esta unción, dadora de fuerza y bríos para el futuro combate cristiano, iba acompañada de la fórmula Effeta, ábrete, en la que los presbíteros tocaban con sus dedos la boca y oídos de los bautizando, recordando la curación del sordo mudo por parte de Jesús. Ahora si, se renunciaba a las pompas del mundo y a satanás y se 'devolvía el símbolo', se hacia la 'reditio symboli'. Todavía hoy ungimos a nuestros niños con este óleo y en sus nombres recitamos renuncia y credo como la acción más importante del bautizando, o sus padres y padrinos, antes de llevarlo a la pila bautismal.El bautismo finalmente se realizaba en imponente ceremonia la Vigilia Pascual. Al caer el sol del sábado, en las grandes ciudades, obispo y clero, acompañados de multitud de fieles, hacían una gran procesión iluminada por centenares de cirios y antorchas desde la catedral al baptisterio, que era un gran edificio aparte dotado de extensas piletas. Los que han visitado Roma han podido seguramente ver en San Juan de Letrán un hermoso ejemplo de esta doble construcción ¡Imagínense lo que ha de haber sido la ceremonia de la Pascua del año 404 en Constantinopla -tal cual la relata un cronista de la época- cuando esa noche presididos por el Patriarca y sus auxiliares se bautizaron tres mil elegidos acompañados de sus respectivos padrinos y rodeados por toda la ciudad.Ya en el baptisterio, varones por un lado y mujeres por otro se despojaban de sus viejas vestiduras, ingresaban en los piletones y, al salir del agua, eran revestidos con una túnica cándida, blanca, alba, por diáconos o diaconisas respectivamente, siendo inmediatamente ungidos con el crisma y abrazados con el saludo de paz por el obispo. Era allí, cuando por primera vez, solemnemente, se les hacía entrega del "Padre Nuestro" y tenían finalmente derecho a conocerlo y recitarlo. No antes, No cualquiera.Vestidos de blanco, de 'cándido' y por ello llamados 'candidatos' -nada que ver con el nombre aplicado a los candidatos a políticos, que de cándidos no tienen nada- vivían exultantes toda la octava -es decir desde Pascua hasta el domingo de hoy- y era un espectáculos verlos caminando con sus túnicas brillando de limpias por toda la ciudad y hoy participando con todo derecho de la santa Misa todavía con sus túnicas blancas. Es desde entonces y hasta hace poco que este segundo domingo después de Pascua se llamó "Dominica in albis", "Domingo de blanco" Toda esa octava era -y es aún, al menos litúrgicamente- considerada como un domingo o pascua prolongados. Por eso los que han asistido a Misa durante esta semana habrán visto que las misas han sido como de Domingo: con Gloria, con la secuencia de Pascua, con el doble aleluya en la despedida y refiriéndose cualquiera de los día a "hoy, en este día Santísimo de la Resurrección", como haremos por última vez en este 'domingo de blanco'. Lo mismo habrán podido notar la cantidad de oraciones y lecturas referentes al bautismo que en estos días hemos rezado y escuchado.Ya desde el lunes -mañana-, los candidatos deponían sus alegres albas blancas y volvían al mundo y al trabajo en su nueva condición de resucitados, de cristianos cabales, transformados pascualmente por el bautismo y recitando orgullosamente todos los días la oración privilegio de los hijos de Dios: el Padre nuestro……



"¡Jerusalén sea capital del mundo para toda la humanidad!"


El patriarca Fouad Twal cuenta la espera de la visita del papa Francisco a la Ciudad Santa


Jerusalén, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Giorgia Innocenti | 0 hits


“Vivimos la Semana Santa, pero mantenemos también el peso del Viernes Santo y de las divisiones de los cristianos". Lo ha declarado a ZENIT, su beatitud, el patriarca Fouad Twal, en vista del viaje del Santo Padre a Tierra Santa, añadiendo que "la conversión de los corazones ayudará a romper los muros que dividen Jerusalén".


¿Cómo se vive en Jerusalén la Semana Santa en espera del Santo Padre?

--Fouad Twal: Este año estamos contentos de poder celebrar la Santa Pascua junto a los cultos orientales. Yo mismo intenté el año pasado hacer un primer intento y, después de algunas resistencias, ahora hay un protocolo preciso y establecido. El domingo, hemos empezado la Semana Santa con la gran Procesión de Ramos, hasta el corazón de Jerusalén. Es bello ver la participación de todos los párrocos y los parroquianos, los jóvenes, los scouts... Ha sido una presencia cristiana en este mundo, el nuestro, un poco agitado.

Nosotros cristianos, entre otras confesiones, debemos ser "la sal de la tierra", que da sabor y otro tono, respecto a la violencia y el ansia. Esta semana en Jerusalén, para los peregrinos que viene aquí una vez en su vida, es una gran gracia. Nosotros, que vivimos en los lugares santos, debemos estar a la altura de la gracia que el Señor nos da.

No puedo olvidar que, junto a la Resurrección hay una situación que no es bonita: la violencia en todo Oriente Medio, los refugiados. A través de Zenit, quisiéramos lanzar también un llamamiento, para que se respeten las normas internaciones. Estamos viviendo, de hecho, la Semana Santa, pero sentimos también el peso del Viernes Santo, del Vía Crucis y de la división de los cristianos.


Usted ha escrito un libro titulado Jerusalén, capital de la humanidad. Esta ciudad es un mosaico de culturas y de pueblos, pero tal riqueza puede también transformarse en conflictos o ser fuente de incomprensiones. ¿Cómo puede el cristianismo dar por tanto esperanza, teniendo en cuenta una situación internacional así de compleja?

--Fouad Twal: Según el Evangelio no hay límites para la acogida, para el perdón, el amor y la sencillez. Quisiera que Jerusalén tuviera estas características, que sea una capital para la humanidad, para todas las religiones. Jerusalén debe ser un Iglesia madre, que acoge a todos los creyentes del mundo.

Pero hay un misterio en esta ciudad: Jerusalén une a todos los creyentes pero al mismo tiempo los divide. ¡Este es el misterio que no conseguimos entender! Todavía debemos aceptar no entender y confiar nuestro destino al Señor. Bajando el domingo pasado del Monte de los Olivos no podía no recuerdar que Jesús mismo ha llorado en esta ciudad. Él ha sido el primero que ha querido reunir a los hijos de Jerusalén. Ahora nos toca a nosotros rezar y esperar por el destino de este ciudad.


Es innegable que los muros reales e ideológicos dividen Israel...

--Fouad Twal: El muro de la vergüenza: así lo llaman los italianos, que tienen sentido del humor. ¡Y estos muros se ven! Y nosotros también hemos sido un poco olvidados por la prensa internacional, que se concentra preferiblemente sobre otros temas actuales. Pero en mi opinión, los muros físicos son fáciles de derribar. Es más difícil derribar los muros que están en el corazón del hombre, que se llaman odio, miedo, injusticia. Comenzamos ahora a utilizar una palabra cristiana, que se llama "conversión de los corazones". Esta es la clave para derribar los muros del corazón del hombre, el miedo y el odio.


Comenzando quizá por nosotros cristianos... ¿Cómo considera los pasos de acercamiento del Santo Padre a la Iglesias Orientales?

--Fouad Twal: Una de nuestras cruces aquí en Tierra Santa es también la división entre los cristianos: tenemos tres grandes familias, la católica, la ortodoxa y los reformistas. En total somos trece iglesias, cada una con su administración. A través de nuestras instituciones, la Iglesia católica ha roto estas divisiones, porque aceptamos a todos los cristianos.

Delante de Dios y de la historia, me siento responsable de toda la comunidad cristiana en Tierra Santa, prescindiendo del rito. El rito puede ser una riqueza, pero no puede ser nunca fuente de división. Con la llegada del Santo Padre que quiere conmemorar el encuentro de 1964 (entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenagora, ndr) espero que de nuevo este movimiento ecuménico tome una nueva vida y esperanza.


¿Ha tenido ocasión de tratar directamente con el papa Francisco?

--Fouad Twal: Hemos preparado ya el viaje y lo he visto unas cinco veces en Roma. Esta es una visita pastoral para la unidad, pero es difícil no considerar también el impacto político. A cualquier discurso le corresponde necesariamente una situación real de la vida social y política, de cada día. La gente olvida fácilmente los discursos. A menudo se detiene sobre el aspecto exterior del encuentro con el Santo Padre y es una pena. Muchos cristianos, sin embargo, tomarán de la persona misma del Papa el mensaje, esta cercanía, esta humildad en su comportamiento, la cercanía la pueblo, que lo caracteriza.


Traducido del italiano por Rocío Lancho García



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


Beato Andrés Hibernón


«Una sencilla vida de entrega, colmada del amor de Dios, signó el acontecer de este virtuoso limosnero que vio premiada su entrega indeclinable con dones como milagros, bilocación, profecía, y multiplicación de alimentos, entre otros»


Madrid, 18 de abril de 2014 (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 3 hits


Su adolescencia y juventud estuvo dedicada a liberar a su familia de la pobreza en la que malvivían con las limosnas que obtenían, aunque la situación había sido bien distinta cuando él vino al mundo. Sus padres se establecieron en Alcantarilla, Murcia, España. Pero Andrés nació en la capital en 1534 en casa de un tío canónigo, lugar donde se hallaba su madre temporalmente. Unos días más tarde regresaron a la localidad. Creció familiarizado con Dios, cultivando la devoción a María y amando los principios de la fe que le inculcaron.


Su padre tenía origen nobiliario, pero una crisis económica suscitada por una pertinaz sequía le desposeyó de sus bienes. Al perder su estatus le enviaron a Valencia junto a un tío para que pudiera labrarse un porvenir. Allí trabajó como pastor de ganado hasta los 20 años. Luego decidió volver a casa. El dinero que había ganado lo reservó para la dote que su hermana precisaba para desposarse conforme a la costumbre de la época. Pero en el viaje de regreso al domicilio paterno, unos ladrones le golpearon y le esquilmaron lo que llevaba dejándole con lo puesto. En este hecho vio con claridad lo que ya se había fraguado en su espíritu: que debía ser religioso. Su trabajo en el campo no fue impedimento para que frecuentase las visitas al Santísimo, por el que tuvo gran devoción, ni mermó sus ansias de penitencia. Estaba forjado en el ayuno y en las mortificaciones; es decir, que había comenzado ya una vía de perfección. Sus virtudes eran manifiestas para quienes le conocían: mansedumbre, humildad y diligencia, entre otras muchas.


Antes de comprometerse pasó unos días en Granada acompañando a un regidor de Cartagena, alguacil mayor del Santo Oficio, que le tenía en gran estima y confianza, tanto que puso bajo su custodia cuantiosos bienes. Pero un día, sin despedirse de él, temiendo que pudiera influir en su decisión de consagrarse, partió para ingresar en el convento franciscano de Albacete perteneciente a la provincia de Cartagena donde hizo el noviciado. Aunque lo conocía, al regidor le impactó su honradez cuando vio que el beato había mantenido intactas sus valiosas pertenencias. Andrés profesó en 1557.


Permaneció seis años en esa comunidad tras los cuales eligió la reforma de san Pedro de Alcántara porque tenía unas reglas más severas. Se le asignó la residencia de San José de Elche donde llegó en 1563. Acostumbrado a la pobreza y a la mendicidad, no tuvo duda de que había elegido el lugar idóneo para él. La peculiar sensibilidad de los santos descubre la finura y profundidad de la vida espiritual cuando pasa por su lado. Sus hermanos san Pascual Bailón y san Juan de Ribera, que fue arzobispo de Valencia, al ver actuar a Andrés constataban su espíritu evangélico percibiendo su grandeza en cualquier detalle. A todos les cupo la gracia de vivir esos primeros instantes de instauración del movimiento renovador.


Andrés siempre encontraba unos minutos para hincarse en tierra y rezar fuera labrando la huerta, en la portería o mendigando. Era obediente, responsable, austero, prudente, discreto, puntual, abnegado incluso a pesar de la edad y los achaques, y poseía un gran sentido del honor. Su gran temple y confianza en la Providencia fue especialmente ostensible en circunstancias de catástrofe en las que actuó con admirable entereza. Sentía gran veneración por los sacerdotes y debilidad por los pobres y los enfermos. Y había obtenido de sus superiores el permiso para recibir frecuentemente la comunión, algo inusual en la época.


La fama de santidad le precedía. Su piedad traspasaba los muros del convento. Era estimado por las gentes, y personas ilustres que le conocían le abrían su corazón porque era un gran maestro y confesor. Desconocía lo que era tener un minuto de ocio, sin que le reportase celestes ganancias. En una ocasión, cuando le preguntaron si la vida espiritual le había resultado tediosa alguna vez, respondió que «jamás lo sentía, porque había hecho hábito de nunca estar ocioso, con lo cual siempre se hallaba apto para la oración o contemplación». Pasó por varios conventos, todos en la zona del Levante español. Tuvo en la limosna un fecundo campo apostólico. Los pobres vieron en él un amigo y asesor; les orientaba en la búsqueda de un trabajo digno. También asistía a los que estaban en trance de morir, y contribuyó a la conversión de musulmanes a quienes conmovía con su palabra y ejemplo. Cuando le llamaban «santo viejo», respondía humildemente, sin falsa modestia: «¡Oh, que lástima! Viejo loco, sí, insensato e impertinente, pero de santo no, no». Se caracterizaba por su capacidad contemplativa, fue agraciado con muchos éxtasis y raptos que le sobrevenían en cualquier lugar, aunque suplicaba a Dios que en esos momentos le preservase de miradas ajenas. Además, recibió distintos dones: el de la bilocación y el de profecía, así como el de milagros (curación de enfermos) y la multiplicación de alimentos. Vaticinó el día y hora de su muerte cuatro años antes de que se produjera.


La antigua lesión de estómago y «fluxión» ocular que venía padeciendo le causaron muchos sufrimientos. Los hermanos que permanecían a su lado cuando se encontraba en su lecho de muerte, afligidos por los dolores que soportaba, aunque los encajaba con admirable fortaleza, hubieran deseado compartirlos con él. Y al hacérselo saber, el venerable religioso manifestó: «Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios». La devoción que tuvo en vida a María le acompañó en el momento de entregar su alma a Dios. Su deceso se produjo en el convento de San Roque de Gandía, Valencia el 18 de abril de 1602. Pío VI lo beatificó el 22 de mayo de 1791. Su cuerpo incorrupto desapareció en la Guerra Civil española. Localizados sus restos, se llevaron a Alcantarilla siendo trasladados con posterioridad a la catedral de Murcia donde se veneran.



(18 de abril de 2014) © Innovative Media Inc.


Viajar a Tierra Santa, pero sin salir de Buenos Aires

Inaugurado y bendecido por Jorge Bergoglio en el año 2000, Tierra Santa es el nombre del primer Parque Temático religioso del mundo. Ubicado al norte de la ciudad de Buenos Aires, frente al Río de la Plata, ofrece una recreación de la Jerusalén en la que fue crucificado Jesús. Se trata de una iniciativa privada que combina diversión, historia, asombro y mucho de historia cristiana.

Las calles, rodeadas de casas y tiendas y símiles de templos conducen a un recorrido que presenta no solo importantes elementos de la fe cristiana, sino también del judaísmo y del islam. El ingreso al parque, es sin duda de lo más atractivo para los más niños. Porque tras un recorrido por una gruta, se llega a la presentación de un belén animado, del pesebre que, presentan en el Parque, es el más grande en su tipo del mundo. También la Creación es representada en un espectáculo con figuras animadas, luces y sonidos.


El monasterio de los Franciscanos, que recrea la vida de los primeros seguidores de Francisco, y el oratorio, están en un camino en el que también hay lugar para una representación de una mezquita, del muro de los lamentos, y una imagen de Martín Lutero, lo que confirma el carácter interreligioso de este parque. Pero sin duda el momento para recorrer Tierra Santa es, justamente, la Semana Santa. Son varias las actividades que permiten acompañar a Jesús en sus últimos días, contemplar su muerte e ilusionarnos con su Resurrección.


La Última Cena es quizá la atracción más íntima de todas. Aunque breve, ingresar al escenario donde Jesús instituye la Eucaristía acompañado por sus apóstoles puede emocionar, además de ser una gran catequesis para los visitantes. El espectáculo con actores del camino de Cristo a la Cruz comienza en la Plaza Central, donde se recrea la condena a Jesús. Por las calles del Parque se acompaña a Cristo en su via crucis, para terminar con una representación sutilmente realista de la crucifixión. Pero allí no acaba todo, porque del monte Calvario, que se puede recorrer incluso cuando no está la representación del via crucis, emerge una imponente imagen mecánica de Cristo Resucitado de unos 18 metros de altura. Lo ideal es presenciar este espectáculo durante el atardecer.


Además, un museo de la religiosidad, y una gruta de santos y advocaciones de la virgen completan el recorrido. Cuentan en el Parque que, como no, durante una de sus visitas el entonces Arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio se detuvo especialmente en la imagen de la Virgen de Desatanudos.


Además del recogimiento que ofrece el parque, la oferta culinaria puede completar la experiencia de vida en la Jerusalén de hace 2000 mil años. La comida árabe y armenia, servida en un entorno desértico y bien cuidado, es un imperdible del recorrido.



María de la Encarnación, Beata

Enviado por Victorino Alvarez Tena el jueves, 17 de abril de 2014 | 23:28

Martirologio Romano: En Pontoise, cerca de París, en Francia, beata María de la Encarnación (Bárbara) Avrillot, madre ejemplar de familia y mujer sumamente devota, que introdujo el Carmelo en Francia, fundó cinco monasterios y, muerto su esposo, abrazó la vida religiosa. ( 1618)

También es conocida como:Beata Bárbara Avrillot


Fecha de beatificación: 5 de junio de 1791 por el Papa Pío VI.





Nació en París el 1 de febrero de 1566. Sus padres, nobles, se llamaron Nicolás y María.

Desde muy niña fue encomendada como interna a las Hermanas Menores de la Humildad de Longchamp para que recibiera una digna educación.


Estimulada por el amor divino que ardía en su corzón, pronto concibió un entrañable ted¡o a todas las cosas de la tierra.


Su madre juzgó que su hija mudaría de actitud obligándola a alternar en el mundo con lo más granado de la sociedad, pero, viéndola cada día más retraída, mudó de proceder tratándola con rigores y aspereza.


Frustrados sus anhelos de vida religiosa, tuvo que acceder al deseo de sus padres tomando por esposo a Pedro Acarie, señor rico, noble y cristiano con el que tuvo siete hijos.


Se dedicó por entero a la educación de sus hijos y a ayudar a toda clase de necesitados.


Fue muy apreciada por los hombres y mujeres más insignes de su tiempo.


En 1601, leyendo las obras de Santa Teresa, se sintió inspirada para introducir en Francia la reforma de esta gran carmelita y así inició su fundación y consiguió la auto riazación real y la bula pontificia para construir el primer monasterio.


Después de muchas dificultades, llegaron por fin de España seis carmelitas descalzas y entre éstas la sierva de Dios Ana de Jesús y la Beata Ana de San Bartolomé, iniciando en París la vida regular.


Seguidamente cooperó nuestra beata en la fundación de Pontoise de Digione y de Amiens en el que vio con alegría ingresar a tres de sus hijas. Por todos es considerada como la "Madre y fundadora del Carmelo Teresiano en Francia".


Fallecido su eposo en 1613, vio por fin llegado el momento de poder realizar sus anhelos de vida religiosa ingresando ella también como hermana conversa y eligiendo para esto el convento más lejano y más pobre que era el de Amiens donde vistió el hábito el 7 de abril de 1614.


Por su delicado estado de salud, el 7 de diciembre 1616 fue enviada al Carmelo de Pontoise, donde, confortada por el viático y por éxtasis y visiones celestiales, entregó su alma al Señor el 18 de abril de 1618.


El papa Pío VI la beatificó el 5 de junio de 1791.


Su cuerpo reposa en la capilla del convento de Pontoise.


Su fiesta se celebra el 18 de abril.





He aquí una madre de seis hijos, que se dio el gusto de poder llevar a su país tres nuevas comunidades religiosas, y de llegar a tener tres hijas religiosas y un hijo sacerdote, además de dos hijos muy buenos católicos y padres de familia.

Nació en París en 1565 de noble familia. Sus padres deseaban mucho tener una hija y después de bastantes años de casados no la habían tenido. Prometieron consagrarla a la Sma. Virgen y Dios se la concedió. Tan pronto nació la consagraron a Nuestra Señora y poco después fueron al templo a dar gracias públicamente a Dios por tan gran regalo.

De jovencita deseaba mucho ser religiosa, pero sus padres, por ser la única hija, dispusieron que debería contraer matrimonio. Ella obedeció diciendo: "Si no me permiten ser esposa de Cristo, al menos trataré de ser una buena esposa de un buen cristiano". Y en verdad que lo fue.


A sus seis hijos los educaba con tanto esmero especialmente en lo espiritual que la gente decía: "Parece que los estuviera preparando para ser religiosos".


Su esposo Pedro Acarí, un joven abogado, que ocupaba un alto puesto en el Ministerio de Hacienda del gobierno, era muy piadoso y caritativo y ayudaba con gran generosidad especialmente a los católicos que tenían que huir de Inglaterra por la persecución de la Reina Isabel. Pero como todo ser humano, Don Pedro tenía también fuertes defectos que hicieron sufrir bastante a nuestra santa. Pero ella los soportaba con singular paciencia.


A quienes le preguntaban si a sus hijos los estaba preparando para que fueran religiosos, ella les respondía: "Los estoy preparando para que cumplan siempre y en todo de la mejor manera la voluntad de Dios".


El Sr. Acarí pertenecía a la Liga Católica y este partido fue derrotado y quedó de rey Enrique IV, el cual desterró a los jefes de la Liga y les confiscó todos sus bienes. De un momento a otro la señora de Acarí quedaba sin esposo y sin bienes y con seis hijitos para sostener. Pero ella no era mujer débil para dejarse derrotar por las dificultades. Personalmente asumió ante el gobierno la defensa de su marido y obtuvo que levantaran el destierro y que le devolvieran parte de los bienes que le habían quitado. Y llegó a ganarse la admiración y el aprecio del mismo rey Enrique IV.


Desde los primeros años de su matrimonio dispuso llevar una vida de mucha piedad en su hogar. Al personal de servicio le hacía rezar ciertas oraciones por la mañana y por la noche, y a la vez que les prestaba toda clase de ayudas materiales, se preocupaba mucho porque cada uno cumpliera muy bien sus deberes para con Dios. Se asoció con una de sus sirvientas para rezar juntas, corregirse mutuamente en sus defectos, leer libros piadosos y ayudarse en todo lo espiritual.


La bondad de su corazón alcanzaba a todos: alimentaba a los hambrientos, visitaba enfermos, ayudaba a los que pasaban situaciones económicas difíciles, asistía a los agonizantes, instruía a los que no sabían bien el catecismo, trataba de convertir a los herejes, a los que habían pasado a otras religiones y favorecía a todas las comunidades religiosas que le era posible. Su marido a veces se disgustaba al verla tan dedicada a tantas actividades religiosas y caritativas, pero después bendecía a Dios por haberle dado una esposa tan santa.


La señora de Acarí se hizo amiga de una mujer mundana la cual empezó a tratar en sus charlas de temas profanos, y al iniciarla en lecturas de novelas y de escritos no piadosos. Esto la enfrió mucho en su piedad. Afortunadamente su esposo se dio cuenta y la previno contra el peligro de esa amistad y de esas lecturas y empezó a llevarle los libros escritos por Santa Teresa, y estos libros la transformaron completamente. Otra lectura que la conmovió profundamente fue la de las Confesiones de San Agustín. Una frase de este santo que la movió a dedicarse totalmente a Dios fue la siguiente: "Muy pobre y miserable es el corazón que en vez de contentarse con tener a Dios de amigo, se dedica a buscar amistades que sólo le dejan desilusión".


Muere su esposo y ella puede ahora dedicarse con más exclusividad a las labores espirituales. Arregla todo de la mejor manera para que sus hijos sigan recibiendo la mejor educación posible y ella dirige todos sus esfuerzos a una labor que le ha sido confiada en una visión.


Un día mientras está orando, después de haber leído unas páginas de la autobiografía de Santa Teresa, siente que ésta santa se le aparece y le dice: "Tú tienes que esforzarte por que mi comunidad de las carmelitas logre llegar a Francia". Desde esa fecha la Señora Acarí se dedica a conseguir los permisos para que las Carmelitas puedan entrar a su país. Pero las dificultades que se le presentan son muy grandes. Hay leyes que prohiben la llegada de nuevas comunidades. Habla con el rey y con el arzobispo, pero cuando todo parece ya estar listo, de nuevo se les prohibe la entrada. Una nueva aparición de Santa Teresa viene a recomendarle que no se canse de hacer gestiones para que las religiosas carmelitas puedan entrar a Francia, porque esta comunidad va a hacer grandes labores espirituales en ese país. Por sus ruegos el Padre Berule (el futuro Cardenal Berule) se va a España y obtiene que preparen un grupo de carmelitas para enviar a París. Y mientras tanto la Sra. Acarí sigue en la capital haciendo gestiones para conseguirles casa y por obtener todos los permisos del alto gobierno.


Nuestra santa no es de las que se quedan con los brazos cruzados. Sabe que a París ha llegado el famoso obispo San Francisco de Sales a predicar una gran serie de sermones y lo invita a su casa y este santo apóstol que es admirador incondicional de los escritos de Santa Teresa se le convierte en su mejor aliado y habla con las más altas personalidades y le ayuda a conseguir los permisos que necesitan. Otro que les ayudó mucho fue el abad de los Cartujos, que era su confesor. Y entre todos logran conseguir del Papa Clemente VIII un decreto permitiendo la entrada de las hermanas a Francia. Un ideal conseguido. En 1604 llegaron a París las primeras hermanas Carmelitas. Iban dirigidas por dos religiosas que después serían beatas: la beata Ana de Jesús y la Madre Ana de San Bartolomé. La señora de Acarí con sus tres hijas las estaba esperando en las puertas de la ciudad, y con ellas lo mejor de la sociedad. Y cantando el salmo 116: "Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos", entraron al pueblo para dar gracias y luego las acompañaron a la casa que les tenían preparada. Poco después las tres hijas de la señora Acarí se hicieron monjas carmelitas y luego lo será ella también.


La comunidad de las carmelitas estaba destinada a hacer un gran bien en Francia por muchos siglos y a tener santas famosas como por ejemplo, Santa Teresita del Niño Jesús.


La beata de la cual estamos hablando en esta biografía tiene la especialidad de haber sido una de las monjas más especiales que ha tenido la Iglesia Católica. Madre de seis hijos (tres religiosas carmelitas, un sacerdote y dos casados) viuda, dama de la alta sociedad y termina siendo humilde monjita en un convento donde su propia hija es la superiora. No es un caso tan fácil de repetirse.


Después de conseguirles muchas novicias a las hermanas carmelitas y de ayudarles a fundar tres conventos en Francia y de haber tenido el gusto de que sus tres hijas se hicieran monjas carmelitas, pidió ella también ser aceptada como hermanita legal en uno de los conventos. Y allí se dedicó a los oficios más humildes y a obedecer en todo como la más sencilla de las novicias. Al ser nombrada su hija como superiora del convento, la mamá de rodillas le juró obediencia.


Los últimos años de la hermana María de la Encarnación (nombre que tomó en la comunidad) fueron de profunda vida mística y de frecuentes éxtasis. Dios le revelaba importantes verdades. Estas elevaciones espirituales, ahora en la vida del convento las podía gozar mucho más tranquilamente. Santa Teresa en una tercera aparición le anunció que ella también llegaría a pertenecer a su comunidad de hermanas carmelitas y esto la animó a hacer la petición para entrar a la santa comunidad. Desde que se hizo religiosa su ilusión era pasar escondida y en silencio, cumpliendo con la mayor exactitud los reglamentos de la congregación. Las monjitas empezaron pronto a presenciar sus éxtasis y les parecía que esta venerable señora era ante Dios como una niñita sencilla, pura y obediente que tenía su cuerpo acá en la tierra pero que ya su espíritu vivía más en el cielo que en este mundo.


En abril de 1618 enfermó gravemente y quedó medio paralizada. No se cansaba de bendecir a Dios por todas las misericordias que le había regalado en su vida. A una hija que lloraba al sentir que se iba a morir le decía: "Pero hija, ¿te entristeces porque me marcho a una patria mucho mejor que esta?". Y su lecho de muerte se convierte en cátedra desde donde enseña a todas la santidad. Sin cesar recomienda a quienes la visitan que no se apeguen a los goces de la tierra que son tan pasajeros y que se esfuercen por conseguir los goces del cielo que son eternos.


Las hermanas le preguntan: "¿Le va pedir a Dios que le revele la fecha de su muerte?", y responde: -"No, yo lo que le pido a Nuestro Señor es que tenga misericordia de mí en esta hora final". Otra le pregunta: "¿Qué le pedirá a Dios al llegar al cielo? - Le pediré que en todo y en todas partes se haga siempre la voluntad de su querido Hijo Jesucristo". El 18 de abril de 1618 tiene un éxtasis y al final de él una monjita le pregunta: "¿Qué hacía hermana durante este rato?" Y le responde: "Estaba hablando con mi buen Padre, Dios". Luego con una suave sonrisa se quedó muerta.



Atanasia o Anastasia, Santa

Santa Atanasia o Anastasia (siglo IX) Nació y murió en la isla de Egina, Grecia.

Aspiraba a la vida religiosa, pero fue obligada a casarse dos veces. La primera vez con un hombre rico y bastante joven. Formaron un matrimonio feliz hasta que murió su marido defendiendo el puerto de Egina del que pretendían apoderarse los musulmanes procedentes de España. Las leyes de la isla forzaban a las viudas jóvenes a contraer un nuevo matrimonio, ya que ésta se había despoblado tras la guerra. Su nuevo esposo, más rico aún que el primero, era un hombre bueno y misericordioso con los pobres, igual que ella. Se dedicaban juntos a la oración y a socorrer a los indigentes.


Cuando llegaron a la vejez, se separaron para preparar su muerte cada uno por su cuenta. Anastasia se quedó en su palacio que transformó en convento y dirigió una comunidad de religiosas. Las monjas llevaban una vida extremadamente austera moderada bajo la hábil guía de un abad llamado Matías, que les sugirió que se mudaran a un lugar más solitario: Tamia.


Allí, el monasterio creció y prosperó. La fama de Atanasia llegó a oídos de la emperatriz de Constantinopla, Teodora, esposa del Emperador Teófilo el Iconoclasta. Ésta le pidió que fuera a Constantinopla, para ayudarla a restaurar la veneración de las imágenes. Allí permaneció Atanasia durante siete años. De regreso a Tamia, cayó gravemente enferma, pese a lo cual, siguió asistiendo al oficio divino hasta la víspera de su muerte.


¡Felicidades a quien lleve este nombre!


Hegúmeno: En la antiguedad, título dado al laico o clérigo monástico que ha sido elegido como líder por la comunidad del monasterio. Su equivalente en la actualidad es el Abad.



Andrés Hibernón, Beato

Martirologio Romano: En la ciudad de Gandía, en la región de Valencia, en España, beato Andrés Hibernón, religioso de la Orden de los Hermanos Menores, que de joven fue expoliado por unos ladrones y después cultivó admirablemente la pobreza. ( 1602)

Fecha de beatificación: 22 de mayo de 1791 por el Papa Pío VI.



El Beato Andrés, hermano profeso primero en la Observancia y después en los Descalzos franciscanos, nació en Murcia y murió en Gandía (Valencia). Se distinguió por su austeridad y vida de oración, que estuvo acompañada de carismas extraordinarios, así como por el fiel complimiento de los oficios conventuales y la particular atención a los pobres y necesitados. Sus devociones favoritas fueron la Sagrada Eucaristía y la Virgen María en el misterio de su Inmaculada Concepción.

Vida seglar de Andrés Hibernón


Los padres del Beato Andrés se llamaban Ginés Hibernón y María Real. El padre era un ciudadano noble de Cartagena. La madre, originaria de la Serranía de Cuenca. Ambos, descendientes de familias ilustres de sangre, honradas y católicas. También ellos se distinguieron por sus virtudes cristianas. El piadoso matrimonio se había establecido en la villa de Alcantarilla, pero en 1534 se trasladó a la capital, Murcia, para visitar a un hermano de la consorte María, que era beneficiado de la catedral de dicha ciudad. Durante la estancia de los padres en Murcia acaeció el circunstancial nacimiento del hijo a quien bautizaron en la Catedral poniéndole el nombre de Andrés.


Pocos días después del nacimiento de Andrés, sus padres regresaron a su casa y a sus ocupaciones de Alcantarilla, y a partir de entonces su preocupación principal fue la educación de su hijo. Ginés y María se esmeraron en infundirle su fe y sus sentimientos cristianos. Y el niño, al ritmo que crecía en edad, crecía también en piedad y devoción. Puso gran empeño en aprender a ayudar a Misa, como veía que lo hacían otros niños.


Viendo los padres que el niño era de despiertas facultades intelectuales cuidaron también su educación en las letras y en las ciencias. Pero la fortuna de la familia se basaba en las heredades que poseía el padre, por lo que, unos años de sequía hicieron que la familia se viera en tal penuria, que no pudiese sufragar los gastos de la manutención y estudios del joven Andrés. Muy a pesar suyo, los padres se vieron obligados a enviar a Andrés a Valencia, a casa de su tío Pedro Ximeno, quien lo empleó en la custodia del ganado. El joven Andrés, consciente de que cumplía la voluntad de Dios, se dedicó con tal solicitud a la guarda del ganado de su tío por las fértiles campiñas de Valencia, que D. Pedro se sentía satisfecho y complacido de tener a su servicio un sobrino tan juicioso, cumplidor y temeroso de Dios.


Al propio tiempo el joven aprovechó la soledad del campo y la elocuencia de la naturaleza para el recogimiento interior, la meditación y el cultivo de las virtudes cristianas. Visitaba con frecuencia las iglesias y ermitas de su entorno. Frecuentaba, cuanto podía, los sacramentos. Mortificaba con ayunos y asperezas su cuerpo. Sus virtudes eran la edificación de cuantos le trataban; nunca se le vio reñir con nadie, ni turbarse por siniestro alguno, sino siempre agradable, manso, dócil, afable y modesto.


Su espíritu creció en anhelos de mayor perfección cristiana y, a los veinte años, decidió volver a su tierra de origen, movido por una fuerza interior que le impulsaba a buscar algo distinto y mejor. Su tío sintió la pérdida de tan fiel sobrino y servidor, y, agradecido a sus buenos servicios, le gratificó con ochenta ducados de plata que el joven Andrés, con desprendimiento de los bienes materiales, pensaba destinar para la dote de una hermana suya, con tal desventura que, en el viaje de regreso a su patria, unos desalmados ladrones le robaron su pequeño caudal.


De nuevo en su casa, fue recibido con el natural regocijo por sus padres, que habían sufrido y lamentado la ausencia de tan querido hijo. La nobleza de sus costumbres le ganó bien presto tal estimación y concepto, que todos procuraban su amistad. Entre otros, D. Pedro Casanova, Regidor de la ciudad de Cartagena y Alguacil Mayor del Santo Oficio, lo estimaba sobremanera y gustaba de su trato y conversación. Este señor Regidor quiso llevarle a la ciudad de Granada, adonde tenía que trasladarse por negocios importantes de Cartagena. En prenda de su confianza, entregó a su compañero Andrés las llaves de todo su dinero, alhajas y joyas, haciéndole absoluto depositario de todo lo suyo.


Ingreso en la Orden Franciscana


Ya en Granada, el joven Andrés fue madurando en el propósito que anidaba en su interior desde que se despidiera de su tío de Valencia: una vida de mayor perfección cristiana, propósito que sólo Dios y su confesor conocían. Un buen día Andrés no volvió a la casa de don Pedro Casanova, su señor, quien vivió preocupado durante unos días por incomparecencia del joven en quien había depositado su confianza, y porque nadie le daba razón de él. Casualmente encontró las llaves de sus dineros y joyas que había confiado a su joven compañero, confirmando, con admiración, que no le faltaba nada. En su aflicción por la extraña ausencia de Andrés, don Pedro recibió carta de su esposa doña Francisca Angosto diciéndole que se tranquilizara porque Andrés Hibernón había decidido hacerse religioso franciscano y no se lo había comunicado para que no le disuadiera de su propósito.


En efecto, desde hacía tiempo el joven Andrés estaba en contacto con los franciscanos, a quienes tal vez conocería en Valencia, esperando órdenes para poder ingresar en el noviciado. Le llegó la ansiada noticia de su admisión estando en Granada y partió presto hacia Albacete donde estaba el convento noviciado de la Provincia Franciscana Observante de Cartagena. Allí vistió el hábito franciscano el día 31 de octubre de 1556, a la edad de veintidós años, cumpliendo así uno de los grandes anhelos de su vida. Durante el año de probación se distinguió por su humildad y sencillez, por su espíritu de sacrificio y el don de la oración. Aprendió de memoria la Regla de San Francisco y la observaba con escrupulosa piedad. Juzgándole los superiores idóneo para la vida religiosa, le admitieron a la profesión de los votos el día de Todos los Santos de 1557. Con ello el joven Andrés se consagraba a Dios, a los veintitrés años, con una voluntad generosa y reflexiva de amarle y servirle al estilo de San Francisco de Asís.


Por entonces surgió la reforma franciscana promovida por San Pedro de Alcántara, que ha venido a ser conocida como la reforma Alcantarina o de los Descalzos. Pronto se extendió por los reinos de Valencia y Murcia, hasta Granada, y llegó a formarse una importante y floreciente provincia con el nombre de Provincia Descalza de San Juan Bautista. Conocedor el joven religioso Fr. Andrés del género de vida, de rigurosa y estrecha observancia, de los Descalzos, sintió vivos deseos de abrazar este nuevo estilo franciscano e hizo lo posible por entrar en contacto con dichos religiosos. Convencido, en la oración, de que sus deseos eran de Dios, consiguió las licencias necesarias de la Silla Apostólica y el beneplácito de sus superiores para vestir el hábito de los franciscanos Descalzos o Alcantarinos, no sin el natural desencanto de los Observantes de la Provincia de Cartagena, con quienes había vivido siete años dando prueba de la más ejemplar vida religiosa.


Fue recibido en el convento de los Descalzos de San José de Elche por el padre Fray Alonso de Llerena, guardián de dicho convento y, a la vez, Custodio Provincial, el año 1563, a sus veintinueve años de edad. Gozoso en su nuevo estilo de vida, puso todo su esfuerzo en seguir a San Pedro de Alcántara para llegar a ser un verdadero y legítimo hijo suyo. Un año después tomaba el hábito en el mismo convento de San José de Elche otro insigne religioso, San Pascual Bailón, y resultaría difícil averiguar si Pascual se aplicaba a aprender las virtudes heroicas de Andrés, o si éste empleaba toda su atención en elevarse a la perfección de Pascual. Lo cierto es que el uno inflamaba al otro, y ambos se encendían mutuamente en el amor de Dios y en su entrega para la salvación de los hombres.


El mayor empeño de Fray Andrés era guardar siempre la presencia de Dios. De ahí su espíritu de continua oración: en el trabajo, en la iglesia, en la celda y allí donde se hallara. Su modo habitual de orar era hincado de rodillas, por cansado que estuviera y hasta en sus achaques y avanzada edad. Nunca dejó de asistir a los Maitines de media noche. No podía pasar por delante de una iglesia o capilla sin entrar a adorar al Santísimo. El centro de su meditación eran los misterios de la vida, pasión y muerte de Jesucristo. A la oración mental unía sus devociones particulares: además del Oficio Divino de los Padrenuestros, ordenado por San Francisco para los frailes no sacerdotes, rezaba el Oficio Parvo de la Santísima Virgen, el Oficio de Difuntos, los Salmos Penitenciales, con las Letanías de los Santos, y los Salmos Graduales. Rezaba también todos los días la Corona franciscana y el santo Rosario; etc. Diríase que no le quedaba mucho tiempo para otras obligaciones, y, sin embargo, atendía cumplidamente los oficios que la obediencia le confiaba.


Oficios domésticos ejercidos por fray Andrés


Nunca fray Andrés hubiera considerado acepta a Dios la oración, si no hubiera ido unida a la prontitud en cumplir las obligaciones de su estado. Y de hecho ejerció ejemplarmente casi todos los oficios de la vida fraterna franciscana.


En el convento de San José de Elche, que tenía muchos religiosos por ser casa de estudios, ejerció por muchos años los oficios de cocinero y hortelano, y también de refitolero, portero y limosnero. Atendía la cocina con la mayor eficacia y prontitud y con gran espíritu de caridad, particularmente para con los ancianos y enfermos y para con los pobres. Como hortelano, cultivaba hasta el último rincón de tierra fértil y tenía siempre limpios y aseados los caminales y paseos del huerto para servicio y recreación de sus hermanos; así la tierra se hacía tan productiva, que abundaban las verduras no sólo para la necesidad de los religiosos sino también para los pobres. En el convento de San Juan Bautista de Valencia, o San Juan de la Ribera, que era casa de mucho movimiento y actividad por ser la Curia o sede del Provincial, siendo ya de avanzada edad, fue a la vez refitolero y portero, oficios que también desempeñó en el convento de San José de Elche y en el de San Roque de Gandía. Una característica suya en el cuidado del refectorio fue la práctica de la justicia distributiva al repartir el pan. Conservaba el mejor para los enfermos; el más tierno para los ancianos; para los demás repartía igualmente del bueno y del ordinario, reservándose para sí los pedazos más duros. Ponía gran diligencia en que no se desperdiciara nada, guardando las sobras para sus pobres. Estando en el convento de San Roque de Gandía, que tenía una comunidad muy numerosa, sobrevino en la ciudad y su comarca una grave carestía, de manera que los limosneros no recogían suficiente pan para la comunidad ni para los pobres. Fray Andrés, aunque anciano y achacoso, salía él mismo a la limosna por la ciudad y pueblos circunvecinos. A tal extremo llegó la carestía, que cierto día llegó a faltar totalmente el pan. El anciano y caritativo refitolero no se turbó confiando en la Providencia. Poco antes de hacer la señal para el refectorio vieron muchos religiosos como un agraciado joven le ofreció en la portería un canasto con dieciocho panes muy blancos, que no sólo bastaron milagrosamente para toda la comunidad de cuarenta religiosos, sino que, además, sobró para repartir a la multitud de pobres que se hallaban en la portería.


En los distintos conventos en que moró y según las circunstancias, iba muchas veces al monte para hacer leña y carbón; a las viñas, a recoger sarmientos, llevando al convento, sobre sus espaldas, lo que recogía. Buscaba juncos y tejía con ellos espuertas; recogía esparto y trabajaba sandalias y esteras. Lavaba hábitos y los remendaba; cortaba y cosía hábitos nuevos para los religiosos. Barría, limpiaba y blanqueaba la iglesia, el convento y el claustro. Servía y limpiaba las celdas y los vasos de los enfermos. En las obras de los conventos servía de peón, cargando y llevando mortero, tierra, piedra y cuantos materiales se necesitaban. Parecía hombre bien dotado para todos los trabajos manuales.


En cualquier convento en que ejercía el oficio de portero, era extraordinario el concurso no sólo de mendigos, sino también de toda suerte de necesitados, porque sabían que cuantos acudían a él eran socorridos en sus necesidades corporales y espirituales, siendo tan tierna y amorosa la compasión que tenía de los menesterosos, que con la mayor atención se aplicaba a consolar a todos en todo. Los animaba y fortalecía con dulces y suaves palabras en sus necesidades y miserias, haciéndoles entender que por ellas se hacían semejantes a nuestro Señor Jesucristo. Los instruía en la doctrina cristina y principales misterios de nuestra santa fe. Les enseñaba muchas oraciones y devociones; reducía a buen camino a los extraviados; consolaba a los afligidos; limpiaba a los sucios; remendaba a los mal vestidos; curaba a los enfermos; sufría a los impertinentes, y renovaba muchas veces el milagro del Redentor en el desierto, multiplicando el pan para alimentar a los pobres hambrientos. Tenía especial respeto y miramiento a los sacerdotes pobres y a otras personas de calidad, a los que socorría en secreto en algún aposento del claustro, exhortándoles piadosamente a sufrir por amor de Jesucristo las incomodidades, trabajos y miserias de la vida humana.


Desde recién profeso, los superiores encomendaron a fray Andrés el oficio de limosnero, que él aceptó generosa y humildemente, a pesar de su repugnancia interior, dada su inclinación natural a la soledad y al retiro. Ejerció el oficio con notable ejemplo y provecho espiritual de los fieles. Nunca usó sandalias, ni en verano ni en invierno. Vestía un hábito de sayal burdo y áspero. Salía del convento después de ayudar cuantas misas podía y recibir la sagrada comunión. Cuando llegaba a los pueblos visitaba, lo primero, a Jesús Sacramentado y, asimismo, antes de volver al convento, visitaba cinco iglesias, si las había, o cinco altares, para ganar la indulgencia de las Cruzadas. Si algún convento se hallaba en penuria y muy necesitado, el padre Provincial enviaba al mismo a fray Andrés como limosnero, y con ello quedaba socorrido. Para este efecto le colocó la obediencia algún tiempo de morador en el convento de Santa Ana de Jumilla, población que dista una legua del convento.


Virtudes de fray Andrés


La entrega y la dedicación a las tareas que la obediencia le encomendaba, no apagaban en fray Andrés el espíritu de oración y devoción al que, según decía San Francisco, deben servir las cosas temporales. El Beato Andrés vivió con profundidad la fe, particularmente los misterios de la Santísima Trinidad y de la humanidad del Verbo Encarnado, de tal manera que había incluso teólogos que acudían a él reconociéndole en posesión del don de ciencia infusa. Cuando hablaba de algunos de los artículos de la fe lo hacía con tanto fervor que parecía testigo de vista de lo que decía. Impulsado por el celo de su fe visitaba los lugares de los moros para instruirles en la doctrina cristiana, a pesar del riesgo que esto entrañaba. Cuando iba de limosna por los pueblos ayudaba a los párrocos en la catequesis de sus fieles, tomando de su cuenta explicarla y enseñarla a los más rústicos y menos instruidos.


Fruto de la fe del Beato era su esperanza, heroica porque en los accidentes o desastres más escabrosos y peligrosos siempre se le veía la misma serenidad de rostro y corazón. Así ocurrió el año 1589 en que, estando fray Andrés de morador en el convento de San Juan de la Ribera de Valencia, se desbordó con tal furia el río Turia que inundó totalmente convento e iglesia, que estaban en la misma ribera del río. Todos estaban desmayados y medio muertos de miedo esperando por instantes lo peor; sólo fray Andrés permaneció con su acostumbrada tranquilidad y quietud en la santa oración, sin turbación ni temor. Asimismo, el año 1599 sufrió la ciudad de Gandía un espantoso terremoto por el que se desplomaron muchos edificios, torres y el campanario de aquella Colegial. Aterrado el pueblo, salió a habitar en los campos, y los religiosos, en el huerto; nuestro Beato no quiso salir del convento y dejar a su amado Sacramentado y el retiro de su celda.


Su amor a Dios era tan ardiente que, con frecuencia, le llevaba al éxtasis. Al mismo tiempo, el ímpetu de su caridad le impulsaba a buscar a los moros para hablarles de la hermosura del amor de Dios. Sentía como propias las dificultades, penas y aflicciones de los demás. Si divisaba por el semblante de algún religioso que se hallaba melancólico o afligido, no lo perdía de vista hasta dejarle alegre y consolado. Si echaba de ver alguna disensión o discordia, no cesaban sus fatigas hasta que lograba unir y concordar los ánimos. Su caridad se redoblaba con los enfermos, contándose verdaderas maravillas y hasta milagros, cuando de ellos se trataba. Así ocurrió cuando llegó al convento de San Juan de la Ribera de Valencia, donde encontró enfermo al padre guardián. Con la señal de la cruz, a ruegos del mismo, le curó repentinamente la gangrena del brazo. Y conociendo el Beato la sed que atormentaba al enfermo, le dijo: «Padre guardián, mande traer nieve al instante, porque me siento muy acalorado del viaje». Quedaron admirados al oír tal petición los religiosos, porque sabían muy bien que nunca había querido probar el agua de nieve, aun en las enfermedades de calenturas ardientes que había padecido. Traída la nieve, la bebieron ambos por espacio de tres días, al cabo de los cuales, mejorado ya el guardián, le dijo el caritativo huésped: «Ya no es menester, padre guardián, que traigan más nieve para mí, porque ya se ha templado el calor de mi viaje». Para atender a los pobres que acudían a la portería del convento, iba él mismo a pedir limosna por las casas y cuando éstas le faltaban le proveía el Señor milagrosamente.


Cuando los superiores tenían que tratar algún asunto arduo y de consideración o comunicarse con personas de calidad y distinción, se valían de él por el gran concepto que tenían de su mucha prudencia y discreción. Con esta prudencia heroica apaciguaba fácilmente las discordias y enemistades más radicadas e intestinas, y por su medio animaba y consolaba a los más afligidos y desesperados. En particular usaba de la mayor prudencia para evitar todo disturbio o discordia por leve que fuese entre los religiosos.


Siguiendo el ejemplo de San Francisco, era extraordinaria la veneración que fray Andrés tenía a los sacerdotes, reconociéndolos como ministros inmediatos y principales del Altísimo, por lo cual juzgaba ser obligación de justicia respetarlos y obsequiarlos con distinción. Siendo portero, a cualquier sacerdote que fuese al convento le pedía la bendición.


Llegó un día al convento de la Inmaculada Concepción de Sollana (Valencia) con el aviso de que iban a comer el padre Provincial y los Definidores. Ausentes el guardián y el cocinero, el padre presidente se vio turbado al tener que preparar la comida. Advirtiendo esta situación embarazosa el ya anciano, achacoso y cansado del viaje fray Andrés, le dijo: «Vaya, padre presidente, a prepararse para decir la santa misa, y deje a mi cargo la cocina». El buen presidente, en atención a la edad, achaques y cansancio del humilde hermano, le mandó que se fuese a descansar. Entonces el santo viejo, con humilde y respetuosa viveza de espíritu, le replicó: «No me mande esto, padre presidente, porque es contra justicia. A vuestra reverencia le toca estar en el altar y a mí en la cocina; sus manos deben estar entre los corporales y las mías entre los tizones».


Durante muchos años padeció una penosa fluxión de ojos junto con un intenso dolor de estómago, lo que sufrió con gran fortaleza y entereza de espíritu. Estando para morir, viendo los religiosos los dolores y angustias que sufría, sin proferir queja alguna, para consolarle le propusieron repartirse los dolores, a lo que fray Andrés contestó: «Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios».


Emulando a su reformador San Pedro de Alcántara, dormía muy pocas horas. Asimismo era sumamente cauto y templado en el hablar: sin dobleces, ni excusas, ni simulaciones, evitando toda palabra inútil. Y su parquedad y moderación en las comidas eran tales que bien puede decirse que ayunaba de continuo.


Fue siempre muy pronto a la señal de la obediencia, obedeciendo a prelados y superiores con una exactísima puntualidad y reverencia. Por pesado que fuese el mandato, lo ejecutaba con prontitud y presteza, aun estando accidentado, enfermo y adelantado en edad. Fue tan ciego en obedecer, que nunca hizo mal juicio o se detuvo en examinar lo que el superior mandaba. El Duque de Gandía, que estimaba sobremanera a fray Andrés y gustaba en extremo de su compañía, quiso escribir al padre Provincial para que suspendiese una orden en la que mandaba al santo que pasase de morador al convento de San Diego, de Murcia. Apenas tuvo noticia de la resolución del señor Duque, pasó nuestro Beato a suplicarle con humildad respetuosa y lágrimas en sus ojos, que, lejos de ponerle algún impedimento, le permitiese cumplir la obediencia de su prelado.


Devociones y carismas de fray Andrés


Estre las devociones de Fray Andrés, una de las que hay que destacar es sin duda la que profesaba al Santísimo Sacramento del Altar. Cristo en el sagrario era su refugio en las tribulaciones, su vigor en las flaquezas, su alivio en las necesidades propias y ajenas, su consuelo en las aflicciones y su descanso singular en las fatigas. Todo el tiempo que podía, así de día como de noche, lo gastaba arrodillado en su presencia; ocupado en sus empleos, lo visitaba muchas veces, y si las ocupaciones no se lo permitían, con fervorosas jaculatorias lo veneraba con el corazón y el espíritu en donde quiera que se hallaba, quedándose muchas veces en éxtasis y arrebatado hacia él. Fue coetáneo de San Pascual Bailón, el «enamorado del Sacramento», y hermano de hábito y de la misma provincia franciscana de San Juan Bautista de Valencia; muchas veces habitaron en un mismo convento. Sería de ver la puja espiritual de estos dos enamorados del Santísimo, en constante emulación por amar más y más al «Amor de los amores».


Fray Andrés comulgaba casi todos los días, con permiso de sus superiores, según se lo permitían las normas y costumbres de entonces. Repetía muy a menudo la comunión espiritual, particularmente cuando oyendo o ayudando misa veía comulgar al sacerdote. Por eso procuraba oír y, mejor, ayudar cuantas misas podía. Con los sacerdotes procedía con el mayor respeto y reverencia. Aunque no tenía estudios especiales, entendía bastante bien el latín y disfrutaba en la liturgia de los días señalados, como en Navidad, al oír el evangelio del nacimiento del Verbo encarnado; durante la octava del Corpus, oyendo la secuencia; en Pascua de Resurrección, en el día de la Ascensión y especialmente el día de Pentecostés al entonarse el «Veni, Sancte Spiritus».


Otra de sus grandes devociones era la que sentía hacia la Santísima Virgen, particularmente en sus misterios de la Anunciación, en cuyo evangelio se trata con tanta claridad de la Encarnación del Verbo en el seno virginal de María, y de la Inmaculada Concepción. Es una costumbre muy antigua de la Orden Franciscana venerar con distinción, como Patrona principal y como misterio defendido por sus hijos, la Inmaculada Concepción de María virgen. Por eso, en todos los conventos se practicaban devociones propias, como la Benedicta de los viernes y la misa votiva cantada de todos los sábados. Nuestro Beato, que por María y en defensa de su Purísima Concepción, hubiera derramado su sangre, nunca faltó a funciones tan devotas. En cualquier lugar en que hallase alguna imagen suya, se arrodillaba y muy tiernamente la saludaba, singularmente si la imagen era de la Purísima Concepción. Agradecía tanto la Santísima Virgen esta devoción de su siervo, que muchas veces lo arrebataba a sí en el aire, en raptos y éxtasis. Fray Andrés celebraba con gran devoción las siete festividades de la Santísima Virgen, precedidas de una novena y seguidas de una octava de prácticas piadosas. En todas las oficinas conventuales en que estuviera, levantaba un pequeño altar con la imagen de la Virgen, para su particular veneración.


Un día, estando fray Andrés de portero en el convento de San Roque de Gandía, Baltasar Ferrer lo encontró elevado y arrebatado en el aire, de modo que la cabeza tocaba en el techo del claustro, delante de una imagen de la Concepción de María Virgen, dobladas las rodillas y con el Oficio menor de la misma en las manos. Admirado de lo que estaba viendo, el seglar se retiró con delicadeza y prudencia por no comprometer a fray Andrés cuando volviera en sí. En la misma ciudad de Gandía, le envió el superior para que acompañara a un sacerdote que iba a auxiliar a un moribundo. Llegados a la casa, dejó al sacerdote asistiendo al enfermo, y entre tanto se retiró a otro aposento solitario, donde, viendo una hermosísima imagen de la Santísima Virgen, se arrodilló inmediatamente en su presencia para obsequiarla. No bien se había puesto de rodillas, cuando en el mismo sitio se quedó elevado y absorto. Eran muchos y muy frecuentes sus raptos y éxtasis en los claustros, iglesias, caminos, campos, casas de seglares y en cualquier otro lugar que se hallase, porque no sólo se originaban de María Santísima, sino también de todos los inefables misterios de nuestra santa fe, y especialmente de los que pertenecen a la encarnación, vida, pasión y muerte del Salvador. Fray Andrés se apenaba en gran manera cuando se daba cuenta de que los religiosos y los seglares le habían visto en éxtasis. Pedía humildemente al Señor que le evitara esta prueba, sin alcanzar tan fervoroso ruego.


Nuestro hermano fray Andrés estuvo también dotado con el don de profecía. Conocía, con espíritu profético, lo futuro; penetraba lo oculto, y veía lo que aún estaba muy lejos. De todo ello se cuentan numerosos casos en las actas del proceso de beatificación.


También le dotó el Señor con la gracia y el don de los milagros, tanto antes como después de su muerte. Serían necesarios libros enteros para relatar las maravillas que obraba el Señor por mediación de su siervo fray Andrés, incluyendo, ya muerto nuestro Beato, la resurrección de muertos. Bástenos aquí recordar que en el sumario de su Causa de Beatificación se hallan compilados setenta y cuatro milagros que obró repentinamente después de su muerte, escogidos de la más vasta multitud de los registrados en sus Procesos Apostólicos. En la fase decisiva del Proceso, el 7 de septiembre de 1790, en presencia del Papa Clemente XIV, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó tres de los cinco milagros presentados: la repentina curación de Mariana Cano de una tisis consumada; la instantánea y perfecta curación de Andrés Gisbert, loco de muchos años, y la improvisa y perfecta restitución de la vista a María García, absolutamente ciega.


Muerte y glorificación del Beato Andrés


La muerte de fray Andrés acaeció en las primeras horas del día 18 de abril de 1602, en el convento de San Roque de Gandía (Valencia). Refieren las crónicas que el Señor reveló a fray Andrés el día y la hora de su muerte, un año antes de que ésta ocurriera, para lo que se preparó con fervores de novicio, con gran admiración de cuantos le conocían, ignorantes del motivo de su redoblada piedad y devoción. El día 16 de abril de 1602 se puso con la mayor diligencia a barrer y limpiar su celda, el dormitorio y la escalera del convento que bajaba a la iglesia, adornándola del mejor modo que pudo, como quien sabía ciertamente que al día siguiente se le había de administrar el Viático. Al otro día de estas diligencias, asaltado de un cruel dolor de costado, con una calentura aguda y maligna, le llevaron el sagrado Viático, que recibió con el mayor fervor de su vida, deshaciéndose en lágrimas de amor y de ternura. Finalmente, le acometió otro más grande dolor de estómago y de pasmo que lo postró y dejó sin movimiento.


Los hermanos que permanecían a su lado cuando se encontraba en su lecho de muerte, afligidos por los dolores que soportaba, aunque los encajaba con admirable fortaleza, hubieran deseado compartirlos con él. Y al hacérselo saber, el venerable religioso manifestó: «Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios».


Llegada la noche, quiso reconciliarse de nuevo para recibir la última absolución plenaria en el artículo de la muerte y la bendición papal; pidió después el sacramento de la Extremaunción, mostrando tanta alegría mientras se le administraba, como si sensiblemente estuviera gustando el más sabroso manjar. Rezaba con la mayor ternura las oraciones, letanías y salmos penitenciales con todos los religiosos que asistían con el superior. Se despidió, en fin, amorosamente de todos, pidiéndoles perdón de no haber cumplido como debía sus obligaciones ni correspondido a los deberes de la Religión, suplicándole al superior que le diese un pobre y viejo hábito para enterrar su cuerpo, encomendándose a las oraciones de todos para que el Señor, en su tránsito, tuviese piedad de él que había sido un siervo inútil en su casa.


Tocaron con esto a maitines, y el siervo del Señor, que durante su vida nunca había dejado de rezar el Oficio Divino en las horas establecidas por la Iglesia, suplicó a un religioso que llevase la cuenta de los Padrenuestros que debía rezar por los Maitines y Laudes, según la Regla de San Francisco, porque ya él no podía llevar por sí el orden de las cuentas, y lo rezó muy clara y devotamente. Destituido ya enteramente de fuerzas y hecha la recomendación del alma, a que respondió con el mayor fervor, tomando en sus manos un crucifijo y besándole tiernamente sus sagrados pies, fijos sus ojos en el precioso costado y sin ninguna señal de movimiento en el cuerpo, miembros, ojos ni boca, entregó plácidamente su bendita alma a su Creador al entrar el 18 de abril del año 1602, como una hora después de media noche.


En la hora misma en que murió fray Andrés fue necesario abrir las puertas del convento por la gran multitud de eclesiásticos y seglares devotos que concurrieron. Todos procuraban hacerse con alguna cosa de su uso, tomando por esto cuanto encontraron en el convento y en su celda, si bien los religiosos se habían prevenido tomando con anticipación los recuerdos más importantes del Beato. No bien comenzó a rayar el día, el superior se vio obligado a hacer que bajasen el santo cuerpo a la iglesia, porque la multitud de mujeres de toda clase y condición que habían concurrido amenazaban con hacer alguna violencia para entrar en la clausura. Aquella mañana se despoblaron no solamente la ciudad de Gandía, sino también los pueblos circunvecinos y aun remotos, que concurrían en tropel para venerar y pedir gracias al difunto siervo del Señor. El Duque de Gandía mandó que acudiese uno de los más insignes pintores de aquel siglo, el padre Nicolás Borrás, religioso del célebre Monasterio de San Jerónimo de Gandía, discípulo de Juan de Juanes, que en su misma presencia sacó un bellísimo retrato de fray Andrés. Fue necesario vestirle algunas veces de nuevo porque, cortándole a pedazos con rara industria el hábito, lo dejaban muy presto casi desnudo. Fue forzoso tenerle expuesto tres días continuos, porque los favores y milagros que obraba incesantemente acrecentaban siempre más y más el concurso de los pueblos.


Fue universal la opinión de santidad que se tenía de fray Andrés Hibernón, ya en vida y sobre todo después de muerto. Basten aquí dos testimonios.


Su gran amigo, hermano y compañero, San Pascual Bailón, tenía en tal aprecio y concepto la santidad del hermano Andrés, que llegó a asegurar que era uno de los varones más perfectos que tenía en su tiempo la Iglesia. Aunque San Pascual Bailón tomó el hábito de Descalzo un año después que nuestro Beato, con todo, San Pascual le precedió once años en la muerte; y poco antes de morir, como despidiéndose del Beato, le dijo: «¡Ah, fray Andrés, y cuánto envidio vuestra vida! ¡Y cuánto deseara también poseer vuestras virtudes y tener vuestros méritos delante del Señor, que ya me llama a la eternidad para darle cuenta de mi vida tibia y negligente!». A lo cual respondió con admirable suavidad y dulzura: «¡Ah, fray Pascual, fray Pascual! Cuánto antes que por mí tocaran las campanas en gloria de vuestra caridad. Acuérdese de mí cerca del Señor en la otra vida, en donde están preparados los frutos y la recompensa de sus fatigas, que muy presto irá a gozar».


El entonces Arzobispo de Valencia, hoy San Juan de Ribera, le hacía ir con frecuencia desde Gandía a su palacio de Valencia para su consuelo y edificación espiritual, sirviéndose de su don de consejo en importantes negocios de su diócesis.


El cuerpo de fray Andrés fue colocado reverentemente en un arca de ciprés, forrada de tafetán blanco, y depositado en lugar decente de la iglesia del convento de San Roque de Gandía, mientras se arreglaba la Capilla de la Purísima Concepción, en dicha iglesia. Terminadas las obras de esta capilla, se trasladó a la misma el cuerpo del venerable religioso colocando el féretro dentro de un sepulcro que quedaba honoríficamente elevado del suelo. Todos los días se veía visitado su sepulcro de grandes concursos de los pueblos circunvecinos y aun de los forasteros que recurrían a su patrocinio o a darle las debidas gracias por los beneficios que liberalmente les dispensaba. Ocurrió por entonces que la Santa Sede dio un decreto que prohibía el culto público a los Siervos de Dios que fueran promovidos a la beatificación y canonización, debiendo constar en los Procesos que los tales Siervos de Dios estaban sepultados en lugar en que no podían tener pública veneración. Esto hizo que los religiosos de San Roque de Gandía se vieran obligados a soterrar el cuerpo de su venerable hermano Andrés Hibernón, retirando el sepulcro honorífico que le habían hecho, quitando al mismo tiempo todas las insignias, votos y presentallas. Este hecho no entibió ni disminuyó la devoción que se le profesaba, por los muchos favores que recibían los fieles por su intercesión.


Se abrió el Proceso de beatificación y canonización, por parte de los superiores de la Provincia descalza de San Juan Bautista de Valencia, con intervención del Arzobispo de Valencia y de los obispos de Cartagena y de Orihuela. El año 1624 se introdujo la causa en Roma.


Por aquel entonces la Provincia Descalza de San Juan Bautista de Valencia estaba empeñada en la causa de la canonización de otro santo suyo, el Siervo de Dios fray Pascual Bailón. Los gastos extraordinarios que acarrean estas Causas hizo que, con gran desencanto por parte de muchos, se tuviera que paralizar la del Siervo de Dios fray Andrés Hibernón, prolongándose luego la demora por espacio de más de cien años. Esto vino a confirmar la profética conversación que tuvieron, en vida, los dos santos amigos y hermanos en religión: cierto día dijo fray Andrés a fray Pascual que mucho tiempo antes tocarían las campanas por fray Pascual que por él. San Pascual fue canonizado el año 1690. Fray Andrés fue beatificado solemnemente por el papa Pío VI el 22 de mayo de 1791.


Su cuerpo incorrupto desapareció en la Guerra Civil española. Localizados sus restos, se llevaron a Alcantarilla siendo trasladados con posterioridad a la catedral de Murcia donde se veneran.



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